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viernes, 9 de julio de 2010

EN LA GUAJIRA


Volaba aquel dia de observador en un magnífico Boeing 727 -200 de Avianca en el vuelo de la mañana a Riohacha, la capital del departamento de la Guajira, en el extremo desértico norte de Colombia (Año 1988).

El capitán, aproximadamente en sus vienticinco años de edad era de los más jóvenes que había visto. Me dijo que en ese vuelo no me iba a dar chance a la derecha pues él era nuevo y no conocía bien ni al copiloto ni al ingeniero y quería hacer todo de acuerdo al libro.

Llegando a la Guajira pude disfrutar del esplendor del paisaje del desierto haciendo un fuerte constraste con el azul índigo del mar. Yo sentía que el capitán andaba un poco nervioso como si sintiera que todo el mundo a su alrededor estuviese pendiente de cada movimiento que él hacia.

Todo el vuelo había sido normal hasta que vino el aterrizaje. Al sentar ruedas el capitán aplicó los frenos bastante fuerte haciendo que las maletas atrás se cayeran y nos sacudiéramos fuertemente en nuestros asientos. El copiloto le preguntó – Uyy capi... porque frenó tan fuerte? – Y él le respondió, casi recitando de memoria, que en caso de falla de frenos el reverso de los motores no hubiera sido suficiente en esta pista y nos hubiéramos salido.

El capitán tenía toda la razón pero se quedó mirándolos esperando sus respuestas. El ingeniero y el copiloto se miraron y riéndose dijeron, – !Ahhh bueeeno, menos mal que los frenos no fallaron!…!Jueeepucha nos hubiéramos salido!, !Jua!!Jua! – El capitán se puso a reirse también y se relajó un poco más pues lo noté mucho más desenvuelto en el resto del vuelo.

 Esto fue tremenda lección para mi que suelo ser a veces sicorígido. Nos bajamos y disfrutamos de un delicioso almuerzo con camarones y pulpo al ajillo. No se me olvida lo sabroso que estaba ese plato. Pienso que el mar y la brisa de ese hermoso paraíso le dió ese sabor tan especial.

Luego abordamos el avión y completamos la ruta hasta Bogotá. Ha sido hasta ahora mi único vuelo a la Guajira y con él me llevo gratos recuerdos y una graciosa lección sobre los frenos de este avión.

Cabo de la vela, Guajira, Colombia.

jueves, 8 de julio de 2010

LAS HISTORIAS DE ALEX VILLA


Alexander Villa Madrid es un paisa gomoso de los planeadores de radio y también de la aviación profesional. Yo había puesto un aviso en el sitio de internet “Planeadores RC Colombia” en el año 2005 donde buscaba pilotos de radio que vivieran por el área de Hollywood en la Florida para ir a volar juntos. Alex que vivía cerca respondió al aviso y así compartimos en el mundo de los planeadores RC y también de la aviación. Aquí están sus historias:


Quiero volar radio

Durante varios años siempre quise tener uno de esos avioncitos que volaban con control remoto. Yo era muy curioso cuando estudiaba pero no podía comprarme uno de estos por sus costos, además porque no sabía donde los vendían o de alguien que practicara el hobby para aprender.

Desde que tengo uso de razón he admirado mucho la aviación y todo lo que ella implica.
A los 25 o 26 años de edad ya estaba trabajando y pensé en comprar uno pero ya no tenia mucho tiempo disponible. El principal inconveniente seguía siendo el instructor o algún contacto que me mostrara el camino, o por lo menos una lucecita que me guiara.

Pero un día esa lucecita brilló. Estaba cerca de la lucecita y no lo sabia; no se durante cuanto tiempo estuve sentado, hablando y compartiendo con un compañero de trabajo y amigo, y no sabía que el era piloto de radio.

Recuerdo que un día en el trabajo hablando con él le dije, –Un día de estos tengo que comprarme uno de esos avioncitos de radio control…– Y el me respondió, – ¿Como así… a usted le gusta el aeromodelismo? – Mi respuesta fue de sorpresa con cara de descubrimiento. Pues descubrí así a la persona indicada. !Lo tuve al frente mío todo el tiempo y no lo sabia! Para mayor sorpresa descubrí que nuestro jefe también volaba radio. Precisamente mi primer planeador y el equipo de radio se los compré a él.

Carlos Estrada fue la persona que me enseñó a volar y siempre le voy a estar muy, muy agradecido. Tampoco faltaron algunos consejitos de Jorge Puello, Alfonso Isaza y muchos más amantes del vuelo. Éramos un grupo de paisas que compartimos muchos domingos de vuelo muy agradables y se que por allá en la tierrita siguen disfrutando de cada fin de semana.


Primer vuelo

Mi primer vuelo como cosa rara fue un desastre… solo duró unos 20 segundos. Carlos me dejó unos minuticos a cargo de otro piloto y él creyendo que yo sabía, me soltó el radio y me dejó solo. ¡Al piso fui a dar! Yo pensé que ese era el fin de mi planeador “Gentle Lady” y mis ganas de aprender, pero con la ayuda de mi maestro se reparó. A la semana ya estaba de nuevo en San Félix (Bello–Antioquia) en la lucha.

Hasta que aprendí a defenderme solo y en verdad a disfrutar mis vuelos. También recuerdo que me inventaba la forma para practicar entre semana ya que había que trabajar. Pero los fines de semana, mi linda esposa Johanna, me “alcahueteaba” vuelo y hasta me ayudaba a cargar el equipo y me acompañaba.


Esta foto es en Serramonte (Bello). Este avión es un “Frankestein” pues tiene el fuselaje de un L.G. y las alas del Spirit.

Simulador

En el cuarto que teníamos Carlos Estrada y yo para hacer el mantenimiento de los equipos de audio e iluminación, colgué una tira de nylon del techo, la cual enganchaba del centro de gravedad de mi Gentle Lady. Le ponía un ventilador de frente al planeador, empezaba a maniobrar para corregir la dirección de la nariz y así de esa manera aprendí mucho en cuanto a giros, sensibilizar mi mano y sobre todo a controlarlo de frente para poder hacer unas buenas aproximaciones a la hora de traerlo a tierra.

Estoy convencido totalmente que mi método funciono y muy bien. Es increíble la sensación de libertad que se puede sentir al volar un planeador y más cuando el único combustible que se requiere es buen viento y buena mano. No necesito de gasolina sino de una buena ascendente para lograr buena altura.

Recuerdo como con mi amigo Rodolfo en Serramonte (Bello) lográbamos sostener nuestros planeadores hasta por una hora o más sin aterrizaje alguno, algunas veces caminábamos de un sendero cercano a otro, nos acostamos en la ladera a conversar, a mirar los planeadores o simplemente escuchar el sonido de los aeromodelos al cortar el viento cuando los hacíamos pasar frente a nosotros.
Las ganas de volar son tantas y más cuando las condiciones climáticas son perfectas (viento y un hermoso día).

Rasguño

Una vez tratando de aterrizar mi Spirit recuerdo que el viento cambio y una de las alas (la derecha) sufrió unos rasguños, tremendo hueco y unas costillitas quebradas. Bueno, pa’ las costillas cianoacrilato, – ¿Y que voy a hacer ahora para cubrir el ala? – pensé yo. Lo que tenía que pegar se pegó y al ala la cubrí con una bolsa plástica que tenia en mi morral y cinta transparente. Lo mejor de todo es que funcionó y de maravilla.

Lo interesante es que el “parche” blanco me servia de referencia en la distancia para identificar mejor la forma del avión. Creo que así lo volé como por 4 o 5 semanas hasta que con plata prestada compré el famoso rollito de “monokote”en una tienda en la 15 en Bogota. Lo compré azul transparente como yo lo quería.

También recuerdo el día en que me choqué en el aire precisamente con Tadeo, la persona que me vendió mi primer aeromodelo. El mío fue el que sufrió, yo tenia un Spirit 60 todo amarillo con líneas azules en las alas y él un Spirit 100. ¡Hasta ahí llegó el pollito!

Desde el 2003 me encuentro radicado en la Florida (USA). Año desde el cual no vuelo, aun recuerdo mi último vuelo en Juan Cojo (Girardota–Ant). Tremendo voladero y no muy lejos de mi ciudad Medellín. Pero afortunadamente aquí conocí a Carlos Madrigal amante también del aeromodelismo y los aviones. Tengo la fe que podamos conformar un buen grupo de pilotos para poder disfrutar de este gran hobby.

Alexander Villa Madrid

En Juan Cojo (Girardota) con el LG–Spirit y un hermoso acrobático de Rodolfo. Esta foto fue antes de emigrar a la Florida.

Con Carlos celebrando navidad del 2008 en Boynton Beach cerca de donde vivo.

miércoles, 7 de julio de 2010

ATERRIZAJE EN EL JOSE MARIA

Un día mientras que estaba practicando en los simuladores de la escuela de Avianca noté que un copiloto con su uniforme y su gorra de la empresa nos observaba atentamente.
Pensé que era copiloto del B-727. El muchacho se acercó y me preguntó si yo era copiloto de Avianca. Le respondí que no, que estaba como copiloto aprendiz. Se trataba de Andrés Gomez con quien hice una amistad que ha durado toda la vida. Le recordé que nos habíamos conocido en el restaurante del aeropuerto unos meses atrás.

Aunque él era colombiano había vivido la mayor parte de su vida en los Estados Unidos y se expresaba con la ingenuidad y el acento de un gringuito. Para este entonces él era copiloto del Twin Otter (turbohélice de 20 pasajeros) en la empresa Helicol que pertenecía también a Avianca.

Me decía que se soñaba con poder estar como yo en curso para el 727. Le di varias ideas para que entrara al siguiente curso. Lo motivé y logró con el tiempo conseguir entrar al siguiente curso. Pasó todos los exámenes y logró entrar como copiloto a la empresa. ¡Ahora puedo decir que logré “entrar” a alguien a Avianca!

El siempre me ha agradecido por mi ayuda pues fui su mentor en su sueño de subir al jet.
Cuando estudiábamos juntos y yo me demoraba en responder pegaba un manotazo en la mesa y me gritaba, – ¡No sabe! – Imitando a uno de los instructores. Era muy divertido.

Un día le conté que tenía vuelo a Bucaramanga y luego a Medellín y me dijo que lo llamara apenas regresara para que le contara sobre mi vuelo... un vuelo que jamas olvidaré!

Muy temprano empezamos la ruta con un capitán basado en Bogotá hacia Bucaramanga. Este trayecto fui de observador detrás del capitán.
Me fascinó el aterrizaje en Bucaramanga. Estaba de nuevo en contacto con la capital del departamento de Santander donde también se encuentra Barrancabermeja, la tierra de mi niñez.

Luego cambiamos de tripulación y me tocó con un capitán basado en Bucaramanga. No olvido su apellido pues a él le debo la gran aventura que estaba a punto de vivir. Se trataba del capitán Munevar.

Una vez abordo me contaba que había estado trabajando volando aviones para Ecopetrol y por coincidencia conocía algunos ingenieros amigos de mi padre. Enseguida me sentí rodeado de un ambiente más familiar y eso hizo aliviar esa tensión que traía del anterior vuelo.

Cuando hacíamos la preparación de cabina vino la primera sorpresa. Escuché que le dijo al copiloto, – Usted tiene pereza de trabajar hoy, ¿Cierto?, Pongamos a este loco a volar y que nos lleve al Jose María. – Enseguida sentí esa emoción de niño con su mejor regalo.

Pasé al puesto derecho y el copiloto me indicaba como continuar la revisión de algunos instrumentos para completar la lista de chequeo.

Después iniciamos el avión y no me perdía un milímetro de tan bello ritual viendo como cada motor se manifestaba a través de los pequeños relojes. Todo se veía y se sentía tan diferente al estar tan cerca del panel de instrumentos y al parabrisas frontal. La perspectiva de estar totalmente al frente en el avión era total.

El capitán carreteó el avión hasta el inicio de la pista y ahi vino la siguiente sorpresa. – Bueno señor Madrigal usted me va a llevar al aeropuerto Jose Maria Cordoba de la ciudad de Medellín, – y me señaló los aceleradores. Esta vez estaba listo y puse con anterioridad rumbos y frecuencias para la secuencia del despegue. Calculo que ese fue mi despegue numero cuatro o cinco.

Después de que puse en el aire nuestro poderoso jet, ordené subir el tren y puse rumbo a una de las radio ayudas que era precisamente la de Barrancabermeja.

B-727 despegando. El copiloto esta llevando la mano a la palanca del tren de aterrizaje para subirlo.

 No podía creer que estaba yo en los controles de un jet sobre volando aquel sitio en donde de niño me había soñado con poderlo hacer.
Si, en ese momento sabía que otro de mis sueños se estaba haciendo realidad. Me sentía tan agradecido con la virgencita y con mi Diosito.

Me divertía como niño pequeño analizando en que lugar de la atmósfera nos encontrábamos. Luego cambiaba el rumbo de acuerdo al plan de vuelo y poco a poco nos acercábamos a Medellín. Le pregunté al capitán si quería que hiciera el descenso. Asintió y corté la potencia para bajar deslizándonos como un inmenso planeador de metal lleno de pasajeros.

Por espacio de un minuto el capitán con su mano derecha haló una pequeña palanca que enseguida activó un ruido bastante bajo. Eran los frenos aerodinámicos de las alas que nos ayudaban a bajar más rápido.

Después, sin que yo me diera cuenta, desactivó la alarma del tren de aterrizaje para ponerme a prueba con mi lista de chequeo. Inicié la aproximación final para aterrizar y empecé a mirar al capitán esperando la acostumbrada orden de cambiar con el copiloto pero me dijo, – Bueno, usted va a aterrizar el avión, yo se que es su primera vez así que tranquilo yo voy a estar pendiente, haga su lista de chequeo y cuando esté ya para sentar ruedas hale la cabrilla suave dos veces para atrás y una para adelante para que baje la nariz. – Sentí un frío en el estomago revuelto con la felicidad de por fin tener en mis manos la responsabilidad de colocar en tierra esta inmensa aeronave.

Mi visión empezó a enfocar la pista y mis manos empezaban a maniobrar los aceleradores y la cabrilla a medida que podía sentir todo el avión como parte de mi cuerpo. Sentía el control total en mis manos.

Veía como la pista aparecía debajo del horizonte rodeada de majestuosas montañas en el corazón de Colombia. Miraba los instrumentos, comparaba y hacia pequeñas correcciones.
De pronto una voz interrumpe mi trance. – ¿No se le olvida nada? – y le respondí que la lista de chequeo ya estaba terminada y que el copiloto ya tenía la autorización para aterrizar.

 Enseguida el capitán me dice – Mire a su alrededor a ver si le falta algo. –  Mire rápidamente todo el panel y de pronto abrí más mis ojos y sentí un corrientazo por mi espalda al ver que el tren de aterrizaje estaba todavía guardado. ¡No podía creerlo!, !Se me había olvidado bajar el tren!

Enseguida como un resorte llevé la mano a la palanca del tren y antes de que la tocara el capitán me detuvo la mano diciendo, – ¡Aah, aah, noooo, usted no puede dejar de volar el avión! Ordene tren abajo y después ya puede decir que completó la lista. –

Diciendo esto el capitán bajó la palanca del tren y enseguida llegó aquel ruido del viento golpeando el tren delantero. El avión redujo de velocidad y tuve que hacer pequeños ajustes.

A medida que la pista se acercaba podía sentir más en todo mi cuerpo el avión deslizándose a través del viento. Llegó el momento del aterrizaje. La pista empezó a pasar debajo nuestro, sentí por instinto ese momento de halar la cabrilla para terminar el planeo, halé una, dos veces y luego un poco hacia adelante.

Espere en esa posición alguna señal que me dijera que habíamos tocado tierra pero no llegaba. Pensé que estábamos flotando. Miré de reojo al capitán casi sin respirar pues no sabía que hacer. Enseguida me dijo, – ¡Frénelo que este avión no frena solo! – El tren delantero sentó sus dos ruedas en el pavimento a unas cien millas por hora y de inmediato mientras él halaba completamente la palanca del aerofreno yo halé hacia atrás los aceleradores, halé las palancas de los reversos hacia arriba y el ingeniero llamó – ¡Tres motores reversando! – Enseguida  vinieron los acostumbrados sacudones del frenado.

El capitán tomó el control del avión y me explicó. – ¡Bien chino, se hizo un “mantequillero”! Fue tan suave el aterrizaje que usted no se dió cuenta cuando sentó el tren principal y por eso no inició la frenada a tiempo. ¡Estuvo bueno, lo felicito! –
Ahora si que me sentía en el cielo de la felicidad... ¡Aterricé bien el avión! A pesar de algunos errores había por fin hecho un ciclo completo. Había despegado, volado y aterrizado el avión de mis sueños.

Apenas bajamos del avión en el nuevo y hermoso aeropuerto José María Córdoba de Medellin pensé enseguida en comunicarme con Andrés Gomez que era ese compañero mas inmediato que sabía estaba pendiente de mi aventura.

Luego pude llamarlo por teléfono y le resumí este gran día que había culminado con un aterrizaje “mantequillero” como le llaman en Colombia. Y al final de la conversación se oye que golpea su mesa de un manotazo y me dice, – Sabe que maestro... ¡Usted si sabe! –

Dedicada a ti Andy!
(El capitán  Andrés Gomez, entró en el siguiente curso, hizo carrera en Avianca hasta capitán del Fokker y actualmente (2017) es capitán de B-737 en American Airlines.)


Palanca del tren de aterrizaje del B-727

martes, 6 de julio de 2010

LOS BUCAROS


A Carlos Hernán Calvache del club de planeadores de radio de Bucaramanga, lo conocí en el festival de Juan Cojo en Medellín 2007.  Rápidamente hicimos una buena amistad lo mismo con otros miembros de su club . Recuerdo que en el segundo día del festival cuando disfrutábamos de una deliciosa bandeja paisa a la hora del almuerzo en la finca le dije – Para mi estar aquí en Colombia, en esta finca, en un festival de planeadores, comiendo bandeja paisa y mirando esta machera de paisaje… ¡Esto si es un verdadero lujo! –

Carlos Hernando ha sido uno de los organizadores más activos del club de Bucaramanga. Tuve la fortuna de que me visitara en la Florida y así pudimos compartir dos días volando mi planeador en un parque, luego en la playa y con la visita de rigor a la tienda de hobbies local. Aquí reúno algunas fotos del club de Bucaramanga y del festival de vuelo “Búcaro” que se realizó allí en noviembre del 2008.

Grupo de pilotos de Bucaramanga. De izquierda a derecha: Panes el “Rascabuches”, atrás Fernando Betancourt, Manuelito, Nikolai Javier, Cesar, Mario Andrés, Jorge Vidal, Hernán Darío, Lau Buitrago, Armando Aguilera y Daniela Ramírez.


Una buena foto del “Combo Búcaro” y sus planeadores.


Foto sin Jorge...

Foto con Jorge!!!

Empacando los planeadores para el festival.

Pilotos arribando al evento.

Vista de la zona de vuelo a las afueras de Bucaramanga.

Florent Vioalin de Francia, listo para despegar su ala.

Florent Vioalin  a la izquierda y Carlos Estrada a la derecha. !Piloto frances y piloto paisa en pleno combate! 

Luis Robledo izquierda y Randi Rojas a la derecha. !Piloto paisa y piloto rolo en pleno combate!

Carlos Hernan Calvache y atrás Randi Rojas.

Carlos Estrada despegando su Sword, un F3B.

Jorge Vidal.

Lanzamiento por Ricardo Peláez. El planeador se ve arriba a la izquierda.


Finalizando el festival.

Saludos a todos los pilotos de Bucaramanga!! Y están todos los aeromodelistas invitados a gozar el viento de esas hermosas tierras de Santander en Colombia!!

domingo, 4 de julio de 2010

PRESENTI SU MUERTE


Un día de estudio en la escuela de Avianca (1988) quise cambiar un poco de ambiente y en vez de estudiar en el salón decidí ir con algún compañero al hangar y subirnos a uno de los aviones que se encontraba en ese momento recibiendo servicio de mantenimiento.

Estudiamos durante un rato en la cabina de mando y luego no pude aguantar las ganas de dar un pequeño paseo por la cabina de pasajeros y gozar de estar dentro de esta majestuosa aeronave. Luego salí y fui hacia la parte de atrás curioseando cada parte del avión ya no como estudio sino como “gomoso” de la aviación que soy.

 De pronto noté que el borde de la puerta de la sección de carga estaba bastante golpeado por el continuo ir y venir de la carga. Con un pequeño brinco me subí y me senté en el borde. Sentía como si el avión me hablara y podía ver tantos años de vuelo, de pasajeros y carga a través de su historia.

No sé porque se me pasó por la mente que pasaría con toda esta hermosa estructura si se estrellara contra la madre tierra. Podía sentir como todo explotaba y quedaba reducido a pequeños trozos. Me pasó un escalofrío por la espalda y no quise pensar más en cosas terribles.

Fui luego al salón de clases y como tenía tiempo libre todavía me entró la curiosidad de buscar en los manuales los datos del peso del avión en el que había estado sentado. Lo encontré y entre los datos estaba su número de serie de fabricación.

Noté que en este manual este avión era el único que traía tres números seis invertidos seguidos. Pensé en los famosos números de la bestia de la biblia y me pasó otra vez ese frío al recordar lo que sentí cuando estuve allí sentado pero pronto me ocupé de otras cosas pues no quería dedicarme a pensar en supersticiones pendejas.

Más adelante nos dijeron que el siguiente día nadie iba a volar como observador pues íbamos a ver desde por la mañana las diferencias entre los dos tipos de B-727, el –100 y el –200 que básicamente se diferencian en el tamaño, motores y sistemas.

El día era el 17 de Marzo de 1988, la clase transcurrió normalmente con algunos descansos por la mañana y al medio día el almuerzo. Continuamos por la tarde en el salón de clases todo el grupo completo. Estábamos ajenos a lo que sucedía en el mundo exterior.

De pronto uno de nuestros compañeros que había salido a preguntar algo a la oficina del jefe de la escuela, abrió la puerta y se quedó mirándonos. El instructor le indicó que siguiera pero él mirando de reojo a todos nos dijo – ¿No saben lo que pasó?.... ¿No les han dicho? – En ese momento todos los hijos de capitanes se pusieron pálidos, unos se tapaban la boca, otros mentaron la madre mientras pensaban si su padre tenía vuelo ese día. Y varios con voz entrecortada preguntaron – ¿Qué pasó? – Y enseguida él se dió cuenta que nadie estaba al tanto de tan macabra noticia y nos dijo – Se acaba de accidentar el HK- 1716, el vuelo 410 de Cúcuta para Cartagena. –

Todos quedamos mudos, nadie emitía un solo ruido. Algunos se pararon enseguida y se dirigieron hacia la oficina para preguntar sobre lo ocurrido. El instructor canceló la clase y recuerdo que uno de los que tenía su padre como capitán me dijo – Yo no sé, tal vez esta no es mi carrera, yo más bien me voy a la Universidad... aquí no se sabe en que momento uno se va a matar. –

Mi Diosito fue muy grande con nuestro grupo ese día pues a alguno de nosotros le hubiese tocado morir como observador en este vuelo además que a nadie del grupo le tocó recibir la noticia de la muerte de su padre.

Más adelante supe que había sido el mismo avión en el que estuve estudiando aquel día. Sentía en mi nariz un olor a sangre sugestionado por el accidente.

Recuerdo que escuché la grabación de la caja negra sin querer mientras que estudiaba en un salón al lado.  El capitán de este vuelo le ofreció a otro avión que venía de la costa para Cúcuta que procediera directo hacia la pista y que él se “abría” a la izquierda para que el otro no tuviera que desviarse.

En la cabina venía en el puesto de observador otro piloto con quien el capitán charlaba mientras despegaban. El copiloto venía volando y el capitán le indicó que se desviara para darle paso al otro avión.

Entraron en nubes y el copiloto hizo muy amplio el viraje antes de enfilar de nuevo hacia la costa. El ingeniero le llamó la atención al copiloto sobre el viraje. El copiloto le preguntó al capitán si ya podía virar de regreso. El capitán le confirmó que iniciara el viraje mientras seguía hablando con el otro piloto. El ingeniero un poco más nervioso le vuelve a llamar la atención diciéndole “cuide esa niebla”.

No sabían que se habían acercado mucho a la cordillera y al subir los flaps el avión se demoró un poco más en subir. A los pocos segundos se escucha en la grabación lo más parecido a un disparo.
Se que este avión aquel día me contó sobre su pasado y sobre su horrible final.

Que Dios tenga en su gloria a todos aquellos que murieron en este accidente.

HK - 1716 de Avianca, Avión siniestrado en el Cerro el Espartillo cerca de la ciudad de Cúcuta.

viernes, 2 de julio de 2010

LAS HISTORIAS DE NIKOLAI BETANCOURT


Nikolai Javier Betancourt es un piloto de radio de Bucaramanga al que conocí en el festival de vuelo de planeadores en Juan Cojo en el 2007. Leyendo su historia resultó ser todo un gomoso de la aviación como yo. Nos hemos estado comunicando por e–mail y por el Facebook. Aquí esta su interesante y divertida historia:

¡Hola Carlitos!

Pues empecé a frecuentar el aeromodelismo desde el 98 en una pista de motor y me gustó.
Ya desde hace un tiempo atrás construí un avión con un primo, con madera normal, motores de carrito, bisagras metálicas y obviamente solo andaba como un carrito por que las hélices no daban para más.

Ya después empecé a gastar un mundo de plata en revistas que ya suman 158 números de diferentes títulos y temas. Entre estos naturalmente “Avión Revue”, “Revista Aeronáutica”, “FAM”, “Armas”, “Soldiers”, “Fuerzas de Defensa y Seguridad”, “Mecánica Popular”, en fin cualquier revista donde saliera una foto de un avión y de una la compraba.

Y es que para mí, más que un hobby, es una pasión, es sentir el viento, es mi hobby académico que me obliga a leer con un gusto indescriptible todo lo que se me cruce. Debo conocer casi todos los aviones del mundo pues me gusta leer historia aeronáutica y universal gracias a mi amor por la historia en general.

Un día en mí universidad, en la que estudio economía, vi en un grupo que se llama “GIDA”, que significa: Grupo de Investigación y Desarrollo Aeroespacial.
Organizaron un seminario de aeronáutica y por supuesto ahí estaba yo metido entre muchos ingenieros mecánicos, electrónicos, civiles y de demás ingenierías que existen.

Estaba también con un amigo que también le gustaban los aviones y me acompañó a la celebración de los cien años de aviación en Bogotá. Ahí entre ingenieros y demás, estábamos dos economistas que, aunque raro, nos gustaban los aviones y disfrutamos mucho más ese seminario que muchos de ellos.

Y fue allí donde conocí a un piloto de planeadores de radio quien sería mi profe y el artífice de que yo entrara en este nuevo mundo.
Era el “capi Vidal”, Jorge Enrique Vidal Espinel. Un muchacho de mi edad y conocedor de todo lo que volaba. Para mi es un “duro” y gracias a él aprendí a volar y a perderle el miedo al vuelo a las malas.

Una vez mientras me enseñaba me dijo, – Tome el radio…usted ya sabe volar más o menos… solo concéntrese y no deje que el avión entre en stall. – Me soltó el avión y volé felizmente apretando todo mi cuerpo y rezando para que no se cayera.

Cuando ya sentí que el viento empezó a bajar de intensidad y el avión a bajar más y más, de una lo llamé, – ¡Jorge, Jorge! ¡Ayúdeme! Y claro, se hizo el marica y me dejó solo. Me decía, – Fresco que usted es capaz… ¡Termalee! – Y yo nervioso le digo, – Termalee… ¿Qué es eso? – Y ahí seguí sufriendo hasta que mis endorfinas calmaron mi ansiedad y volé más relajadamente. Hasta que no pude más y terminé diciendo, – ¡No se vayan a hacer los maricas!… ¡Necesito un piloto “aterrizador” que yo no se aterrizar! – y ahí si vinieron y me ayudaron... je,je.

Así han pasado ya varios años de estar volando. El avión con el que aprendí, yo mismo lo diseñé y lo nombré el “Yarigui”, como nuestros indígenas de nuestro departamento colombiano Santander... y resultó un avión muy delicioso de volar, pero era un entrenador de alerones no un entrenador puro como un Spirit y eso creo que me hizo mejor piloto.

Después me compré una Zaggi, y luego pasé a un avión más difícil, un Wayuu de carreras con el que he aprendido mucho más y que disfruto cada domingo. También tengo un planeador de 3 metros, un semi–escala de un ASW que casi no he volado porque vuela lento y no me gusta el vuelo “geriátrico”... ¡Me apasionan las carreras!

Aquí estoy con mis planeadores acrobáticos “Wayuu” diseñados y hechos en Colombia recordando a esta tribu. Uno es de madera y el otro en fibra.
Aquí están el Yarigui (nombre de la tribu de la zona de Santander) a la izquierda y la Zaggi a la derecha.
Aquí estoy a la derecha con mi ASW y un amigo piloto.

Aquí estoy con Jorge Vidal, mi profe, preparándonos para volar en el festival Búcaro.

Otra anécdota fue un día en que estábamos cuatro pilotos en el voladero haciendo vuelo libre. Todos estaban en el aire haciendo de todo. Yo estaba más abajo que ellos cuando empiezo a sentir un ruido raro y cada vez más fuerte. Era como un motor acercándose.

Miré de reojo sin distraerme de la posición de mi avión y fue cuando vi una nube de abejas grandísima, ¡No podía creerlo! Estaban a las 3 en punto y venían rumbo hacia nuestra posición. Sin saber de que tipo eran y de forma inmediata di aviso, – ¡Jueputas abejas! – Reaccionamos corriendo de espaldas sin perder los aviones de vista y mirando de reojo para no caernos.

Varios gritaron, – ¡Mayday, Mayday, pista, pista! – Aterrizamos los planeadores y de inmediato nos metimos debajo de un parapente que estaba al lado de nosotros.
Resultado… un susto el hijuemadre, menos mal los aviones en buen estado y a buscar otro voladero, porque entre parapentes y abejas ni más… !Aunque esa vez nos salvó el parapente!

La otra vez con un parapentista amigo de nosotros, pudimos lograr una hazaña bien bacana. La idea era poder volar un avión, en este caso una Zaggi, directo hacia el parapente, que el piloto la cogiera, volara con ella en las manos o en las piernas y después la tirara y nosotros retomar el control del avión lanzado desde el parapente. Parecía fácil pero fue muy difícil y talvez irresponsable pero lo logramos!...En fin una experiencia más…y bien divertida, je,je.

Bueno Carlitos un abrazo y si algo me escribis... cuidate...

Nikolai

jueves, 1 de julio de 2010

VUELO AL AMAZONAS (2a parte)


No sabía si estaba exagerando o debía decir algo. Mi visión entró como en un túnel al ver como embestíamos de frente esta pared. La cabina se oscureció y el capitán alcanzó a mirar al frente justo cuando la nube explotó en el parabrisas frontal como si fuera un millón de piedritas con un ruido ensordecedor.

Todo se sacudió por un instante y luego todo volvió a la normalidad como si nada hubiese pasado al cruzar al otro lado de la nube .

El capitán le dice al copiloto. – ¡Oigaaa, porque no me avisó que venía esa nube, pobres pasajeros seguro se asustaron! – Y el copiloto le responde, – ¡Pero como le iba a avisar si estábamos en la mejor parte del chiste! – Todos soltaron la carcajada y continuaron la sesión de chistes mientras yo iba calmando ese frio que se me quedó en la espalda después de semejante espectáculo.

Empezamos luego nuestra aproximación al aeropuerto de Leticia capitál del Amazonas y me quedé maravillado al ver la inmensa alfombra verde formada por la densa jungla que rodea al río Amazonas.
Pasamos sobre el río y aterrizamos. Estuvimos un rato en el aeropuerto, comimos algo y luego nos preparamos para el vuelo de regreso.
El aire de la selva me recordaba de nuevo Barranca y mi niñez. Podía sentirme a mi mismo de niño logrando mi sueño de volar en un jet.

Subí al avión primero que todos y me senté en mi puesto de observador. Entró el capitán y con él mi gran sorpresa. – Bueno capitán Carlos, no se como va a hacer pero quiero que me lleve a Bogotá. – ¡No podía creerlo! Enseguida me señaló que me sentara en el puesto del copiloto. Estaba viviendo lo que por años había soñado, despegar por primera vez un jet!

Un poco nervioso me acomodé en el asiento derecho y procedí a pedir las listas de chequeo al ingeniero. De nuevo miraba hacia adelante y no podía creer que tenía ya cerca de mi cara el parabrisas.

Me fascinaba escuchar el ruido de los instrumentos tan cerca de mi. Eran momentos de completa felicidad. El capitán llevó el avión hasta la cabecera de la pista y me dijo – Bueno “maestro” tranquilo... ponga la mano sobre los aceleradores que no lo van a morder. – Subí lentamente la potencia mientras mantenía mis pies en los frenos. Recordaba la escuela pero no escuchaba los motores pues estaban lejos en la cola del avión.

Los instrumentos cobraron vida indicando la subida de las revoluciones. Pedí potencia de despegue y el ingeniero la colocó con exactitud milimétrica. Enseguida pude escuchar el lejano aumento del silbido de los motores. Solté los frenos y enseguida sentí la presión en mi asiento hacia delante.

Tomamos velocidad y me sentía más tranquilo. Estaba en completo control. El piloto dentro de mi se fue posesionando. El capitán llamó velocidad de despegue, halé suavemente la cabrilla, rotamos, vino aquel golpe al extenderse el tren delantero y delante mio desapareció el horizonte.

Mis ojos enseguida bajaron a los instrumentos para mantener la nariz en el ángulo adecuado. Ordené subir el tren y el capitán estirando la mano subió la palanca del tren. Vino el sonido de todo el sistema de puertas y pistones hidráulicos recogiendo el tren delantero y después silencio. Acto seguido descubrí que había cometido ya mi primer gran error. ¡No sabia hacia que lado virar para ir a Bogotá!

El capitán pronto se dio cuenta y dijo, – ¡Oigan, este man nos va a llevar a hacer un “tour” por Brazil y Perú, que rico! – Enseguida colocó en el instrumento el rumbo que debía seguir. Viré, subimos y luego nos establecimos en uno de los niveles de vuelo mas altos de esta ruta.
Luego me dijo – No me vaya a colocar el piloto automático, quiero que aprenda a volar el avión a esta altura. – Debido a lo alto que estábamos el avión no tenía tanta estabilidad y tenía que estarlo corrigiendo constantemente. En ese momento no me cambiaba por nadie. Cada segundo era pura dicha para mi.


 Dejamos atrás el inmenso tapete verde de la jungla amazónica y ya al fondo podía ver las montañas que me mostraban el final de la aventura.

Alcancé a hacer parte de la aproximación al aeropuerto de Bogotá y antes del descenso final el capitán me indicó que pasara atrás y me felicitó por mi primer vuelo. – No vaya a decir nada oyó chino. – Me dijo para dejar en secreto aquel regalo que siempre quedará en mis recuerdos.


Gracias capi! Gracias Dios mio!