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domingo, 14 de marzo de 2010

DÍA CERO



Fue entonces cuando llegó aquel día tan especial. Era un día de vuelo en cometa con mis amigos Edgar Hazbón y Manolo Gutiérrez.

Edgar fue como mi hermano desde Barrancabermeja con quien compartíamos el aeromodelismo y el vuelo en cometa y Manolo era ya piloto privado de aviones y muy afiebrado también al vuelo en cometa.

Fuimos a volar a un farallón cerca del pueblo de Choachí al occidente de Bogotá y debido a la falta de viento decidí no volar.

Esta foto esta llena de historia. Es parte de las fotos de mi primer libro “Historias del aire”. A la derecha esta Edgar Hazbón en sus dieciséis. Yo estoy a la izquierda en mis veintes y entre nosotros dos grandes amigos que nos acompañaban, Mauricio Giraldo y Ramiro Sánchez, quienes luego se convirtieron en pilotos de importantes aerolíneas de Colombia. Todos estamos en el área de despegue del parque del Neusa bajo el ala de la cometa de Edgar, la misma que voló en esta historia.

Conversábamos con Manolo sobre nuestro tema favorito…los aviones y de pronto de una forma casi agresiva me dijo, – ¡Carlos, usted solo anda hablando de aviones y más aviones y nada que se decide a empezar! –

Le explique que no tenía todavía apoyo de mi padre. Pero me respondió con un reto más grande aún. – Mire Carlos ahora están necesitando pilotos de helicópteros y ganan muy buen billete. ¡Haga lo que sea para conseguir ese curso! –

Era la chispa que acababa de inflamar todo ese deseo reprimido. Dentro de mí acababa de explotar mi pasividad, había decidido tomar las riendas de mi sueño. Siempre le agradeceré a Manolo que me haya “cacheteado” mi actitud ese día.

Sin perder tiempo averigüé los datos de la escuela de vuelo y busqué el momento preciso para hablar con mi padre. Por fin logré encontrar el momento oportuno y le dije que estaban necesitando pilotos de helicóptero y que así había chance de pagar mi carrera pues ganaban buen dinero.

También le conté sobre la escuela de vuelo “Aerocentro” donde Manolo entrenaba y le mostré los folletos de la escuela. Por un momento pensé que se iba a poner furioso conmigo y que no tenía sentido hacerlo pues la empresa no lo aceptaría.

Pero para mi sorpresa me respondió con esta frase que nunca olvido…”–Yo sabia que eso era lo que le gustaba…”. Enseguida me dijo que iba a averiguar en la empresa si había posibilidad de apoyo.

Las buenas noticias pronto llegaron. Me dijo que se había encontrado con un compañero de trabajo que convenció a las directivas de la empresa diciéndoles que la carrera de aviación tenía un alto nivel técnico similar al de la universidad y así logró la ayuda para su hijo que quería también estudiar esta carrera.

Con esto mi padre aceptó ayudarme pero había una condición y era que tenía que ayudarme a pagar parte del costo pues a mi padre ya le habían ayudado con casi la mitad de mi carrera de ingeniería. Feliz acepté y pronto puse en marcha mis primeros pasos para iniciarme en una escuela de vuelo.

sábado, 13 de marzo de 2010

MI PRIMERA EMERGENCIA (3a parte)

Continuación...

Hay un sonido en secuencia al soltarse una a una las bandas elásticas y mientras cae la bolsa, esta va dejando una larga cinta detrás de si.

Siento que todos se van a otro lugar a continuar con la operación. Me siento solo. Veo alejarse la bolsa y detrás de ella aparece una brillante vela blanca como la estela de un meteorito, se aleja y de pronto todo queda atrás.

No puedo ver a mis ángeles. Me han cerrado la puerta para que no vea, pues es algo restringido solo para seres superiores. Todos se fueron. Solo me queda esperar. Mis ojos volvieron hacia el paisaje. La cometa hace su último movimiento y cae en un silencioso colapso inclinándose hacia adelante. Todo empieza a ceder a la inevitable fuerza de gravedad. ¿Que sigue? ¿Caeré? ¿Que pasa si no funciona el paracaídas? ¿Donde están todos?

El silencio es ensordecedor. En cuestión de tres segundos que fueron unos treinta segundos en mi reloj interno, siento un fuerte tirón hacia atrás y todo empieza a cambiar de forma y de ángulo. Todo da vueltas, subo, bajo, y entro en una gran oscilación.

Algo que debe ser inmenso me sostiene y también a mi desmayada cometa. Miro hacia arriba y no veo nada inmenso ni gigante. Solo veo un pequeño objeto circular. Como un OVNI. Como un artefacto secreto que no debería estar viendo.

El paracaídas abre perfectamente y parece que estuviese colgado del cielo. Todo esta tan silencioso que no puedo creer que ese pequeño objeto nos este sosteniendo.
 
Poco a poco el paisaje se va mostrando más y más grande hasta que comprendo que viene el inevitable gran castigo contra el suelo.

Estoy a merced de mis ángeles. Me ordenan que me proteja como debe ser. Me preparo, pongo mis pies juntos, paso cerca a un árbol y veo como la tierra se viene hacia mí sin misericordia. Escucho el golpe de mis pies y de la cometa contra la tierra arada de un campo sin sembrar. Mis gafas siguen hacia abajo.

Me levanto, me sacudo la tierra y me alegro de ver que no me ha ocurrido nada grave excepto a mi ego que está herido. Al lado mío veo como lentamente se va depositando aquella larga cinta seguida de una enorme y delicada campana de seda que se va desinflando y extendiéndose sobre la tierra diciéndome, – …Aquí terminó nuestra misión… Te dejamos sano y salvo… Esperamos que no lo vuelvas a hacer…Te queremos. –

Me siento como un niño recibiendo un concejo de su gran maestro. Veo como esos ángeles se alejaban a mi dimensión interior. Pongo mis manos sobre mi cabeza, no puedo creer que haya bajado de forma vertical hasta este sitio. Miro hacia arriba y les digo, – Ustedes me han dado otra oportunidad…Gracias Dios mio por dejarme seguir viviendo…. –

viernes, 12 de marzo de 2010

MI PRIMERA EMERGENCIA (2a parte)



Continuación...

Debajo podía ver que los grandes y verdes campos sembrados de flores y papa eran más pequeños de lo usual. Estoy bastante alto. Vuelvo a preguntarme, ¿Porque mientras más alto estoy, pierdo más la sensación de altura? ¿Y porque cuando vuelo más bajo es cuando siento más el vuelo?

Con esta altura me siento seguro para realizar mis "wing overs". Primero repaso mentalmente el orden en que mis manos alteraran la paz de este planeador. Empujo fuertemente la barra y la cometa sube y se detiene en el aire, se ahoga y baja su nariz buscando el centro del planeta.

El viento empieza a silbar y después a gritar. Estoy llegando al máximo de su velocidad. La nariz de la cometa empieza a halar fuertemente hacia arriba pidiéndome que la libere para subir. Poco a poco como un caballo enfurecido le voy soltando la rienda y entre el gemido del viento alrededor mío veo como ella va subiendo y subiendo, hasta que apunta al firmamento y continúa su frenética carrera hasta que empiezo a ver solo azul.

Estoy a punto de dar la vuelta completa hacia atrás. Pero antes de continuar me inclino hacia un lado y viro de tal modo que una de mis alas pasa por encima dibujando en el cielo una hermosa espiral. Al continuar mi trayectoria vuelvo de nuevo a apuntar hacia la tierra y al acelerar escucho otra vez el rugido del viento para continuar con el siguiente "wing over".

Siento que me lleno de vida, como si entrara en una gran danza a través de la inmensidad del infinito. De repente la cometa parece volverse más dura como si la sintiera perezosa. Pensé que tal vez era falta de velocidad y emprendí de nuevo otra fuerte picada. Pero ella trataba otra vez de nivelarse diciéndome que estaba cansada, como enferma…o tal vez… ¿Herida de muerte? ¿Que pasa que no me responde? ¿Que es lo que estoy haciendo mal? Algo cede sobre mí y me descuelgo unos centímetros. ¡Oh Dios mío!, ¡Creo que dañé la cometa!

La cinta de sujeción principal y la secundaria de donde yo estaba colgado las había colocado alrededor de las dos barras verticales del triángulo de control en vez del centro de la cometa, donde debería estar, debido al cambio que hice. Con el incremento de mi peso en la maniobra doblé hacia adentro las dos barras y quedé colgado medio metro más abajo.

Pero en ese momento ignoraba la estupidez que había cometido. Mi querida compañera estaba herida de muerte. Solo sentí que había desgarrado algo, como si hubiese doblado sus alas. Sentí como todo se detuvo al cambiar la geometría de su bella forma aerodinámica.

Pierdo el control. Ella estaba muriendo y miro de nuevo abajo pensando en que el siguiente en morir seré yo si no hago algo.

Nunca pensé que esta pequeña bolsa que llevo en mi barriga se convirtiera en la única esperanza, en el antídoto contra el veneno que inyecté sin querer a mi pobre amiga.

Siento que alguien me quita el control, como si una entidad secreta de ángeles me retirara las manos del mando y se encargara ahora de realizar una operación de rescate. Mis ojos se dirigen hacia la cinta amarilla que sobresale de mi paracaídas de reserva.

Solo puedo observar pero no puedo tocar. Mi mano derecha toma la cinta exactamente como está descrito en el manual de emergencias. Mis ojos buscan el área de lanzamiento lejos de la estructura. Con un fuerte movimiento mi mano hala hacia un lado la cinta sacando con ella una bolsa negra.

Tiene bastantes cuerdas cuidadosamente ordenadas a un lado como si fuera un sofisticado artefacto electrónico que se disponía a ser usado para enmendar mi error. Siento vergüenza al verla delante de mí. Pero los ángeles de esta misión no pierden su tiempo en recriminarme sino que siguen con su trabajo y yo debo mantenerme al margen sin molestarlos. Mi brazo se levanta sobre mi cabeza y lanza con fuerza la bolsa hacia aquella sección del vacío.


Lanzando la bolsa del paracaidas de emergencia.
(Dibujo de mi autoria)

... Continuará.

jueves, 11 de marzo de 2010

MI PRIMERA EMERGENCIA


Estaba yo en mis 19 a 20 años de edad y ese día de verdad quería ir a volar en mi cometa (deltaplano). Salí fuera de mi casa y una vez más estudié el hermoso firmamento de Bogotá. El viento y las nubes me indicaban que estaba perdiendo el tiempo mirando hacia arriba y que la montaña del pueblo de Chía estaba esperándome para darme el placer de flotar por varias horas.

El nombre de este pueblo significa “luna” en el idioma de nuestros aborígenes Chibchas. Solo había un problema, la barra de control no estaba lista. Había decidido modificarla para poderla guardar mejor.

Rápidamente la dejé lista y una vez más me reuní con los "lunáticos" de mi club de vuelo.
Después de una hora de camino y de estar hablando como gallinas sobre todas nuestras pasadas experiencias entramos en un acostumbrado silencio.

El silencio que impone el trabajar cada respiro al subir con estos pesados aparatos al hombro durante media hora por una ladera bastante pendiente hasta la cumbre. A medida que voy subiendo la adrenalina empieza a hacer su agrio efecto al secarme la boca y darme sentimientos de arrepentimiento.

Siento que mi madre esta a mi lado con cara de reproche. Puedo ver el rostro de angustia y dolor de Jesús cargando su cruz en las pequeñas esculturas que forman parte de las estaciones religiosas durante la subida hasta llegar a una gran cruz al final.

Igual que un peregrino estoy siguiendo los pasos de Cristo para al final ser crucificado y luego ¡Morir! – ¡Ya basta Carlos!–, me dice otra voz dentro de mi, – ¡Usted vino a volar y no a sufrir! –

Una vez en la cima me siento a descansar y a contemplar la majestuosidad del paisaje, me invade ese sentimiento de estar elevado sobre el paisaje a casi dos mil pies sobre la sabana de Bogotá. Estoy ahora en otra dimensión, en la dimensión del vuelo silencioso, sin más motor que mi cuerpo donde solo escucho el viento y mi voz interior,– Solo por la dicha de estar aquí subo esta montaña –, me digo.

Empieza mi metamorfosis y al colocarme mi arnés, mi casco y mis guantes me convierto en un ave humana. Siento que se me va el aire, que pierdo fuerzas pero se que son los síntomas de la adrenalina diciéndome que estoy a punto de cometer una estupidez. Y en efecto estaba a punto de cometerla.

Con mi mano cuelgo mi arnés a la cinta de sujeción de la cometa con un gancho de alpinismo y no se porque o que sucede dentro de mi pero el miedo, la agriera y la debilidad desaparecen como por arte de magia. Siento que la tierra me estorba y quiero estar ya en el aire, todo cambia y experimento puro placer, el rito del despegue comienza.

Piloto de cometa en posición para el despegue con ayudante
sosteniendo la nariz de la cometa para ayudarle a centrar el viento


Llevo con mis brazos la cometa hasta la pequeña pista de despegue con ayuda de mis compañeros. Una vez siento que mis alas están sintonizadas con el viento digo la palabra mágica, – ¡LIBRE!! –

Esto significa que quienes están ayudándome dejan de sujetar la cometa y corren detrás de las alas para dar paso a mi carrera. Uno, dos, tres pasos y la palabra libre cobra su significado al salir catapultado hacia arriba por la fuerza del viento. Me inclino, tomo la barra horizontal de control y me dejo envolver por el vuelo.

Inicio un viraje y al sobrevolar de nuevo el lugar de despegue puedo saludarlos a todos con mi grito acostumbrado, – ¡Iiijaaaaa! que ¡verraqueeeraaa!!–, ahora se porque alguien por ahí me decía "el mejicano".

Hoy estoy decidido a perfeccionar una de mis maniobras acrobáticas preferidas llamada el "wing over" donde después de una fuerte picada subo y hago un fuerte viraje de tal modo que mi ala derecha pasará por encima mío sobre la vertical con respecto a tierra.

Me esmero en tomar bastante altura absorbiendo toda la energía extra que el viento al deflectarse sobre la montaña me brinda. Me alejo y empiezo a volar bastante alto sobre el campo de aterrizaje.

La vista hacia abajo me hace sentir omnipotente. No tengo sensación de vértigo sino de estar sumergido dentro de un océano de aire.

Al darme altura adicional, sin darme cuenta, me estaba salvando la vida a mi mismo pues estaba a punto de entrar en el mundo de los que ven la muerte frente a frente…

... Continuará.

Deltaplano de los años 80



miércoles, 10 de marzo de 2010

¿ASTRONAUTA O PILOTO?

Desde mis seis hasta mis trece años siempre mantuve mi respuesta de que quería ser astronauta hasta cuando decidí averiguar más a fondo como podría llevar acabo mi sueño.

Ya en Bogotá decidí escribirle a mi tío Felipe, hermano de mi madre que todavía vivía en los EU. Le pregunté que debía hacer para poder ser astronauta. Para mi sorpresa el me respondió con todo el proceso.

Debía primero iniciarme en el College, luego entrar a programas para iniciarme en la marina o la fuerza aérea de los EU, luego inscribirme en programas como piloto de pruebas para así poder aspirar al programa espacial.

Leer esa carta fue la más hermosa revelación que haya tenido! ¡Descubrí que los astronautas eran en su inicio pilotos! Todo aquello que flotaba como fantasías era ahora sólidamente real. ¡Estaba feliz!
A medida que me iniciaba en el aeromodelismo y experimentaba la delicia de poder tener el control de un avión a pequeña escala me acercaba a pasos agigantados a mi gran pasión de ser piloto.



En esta foto estamos celebrando la inauguración de “CAF” o Compañía de Aeromodelistas Felices con unas amigas. En el medio esta Edgar Hazbón en sus onces, Ernesto Villegas a la derecha en sus treces también afiebrado al aeromodelismo con Magda, una de nuestras “fans” y yo a la izquierda en mis quinces. A la derecha mía, Consuelito, una de mis “tragas” que hacia alarde de un hermoso cuerpo femenino y unos bellos ojos azules a sus dieciséis años. Eran las divertidas épocas de la creatividad y la imaginación con nuestros primeros modelos de vuelo real… ¡Bueno me refiero a los aviones y no a nuestras “modelos”! je,je.

Todavía guardo con cariño parte del fuselaje de uno de los primeros aviones de “CAF”. Recuerdo que mientras construía estos modelos podía ir viendo como en realidad estaba constituida la estructura de un avión a escala completa. Era fascinante tener en mis manos un pequeño avión que volaba de verdad.

El aeromodelismo me abrió la puerta a la aviación deportiva y fue cuando me encontré con mi otro gran amor…el vuelo en cometa o alas delta.

Yo veía a estos pilotos como personas que habían decidido vencer todo lastre y obstáculo para vencer la gravedad y volar de verdad. Eran la proyección de lo que yo deseaba ser. Eran mis nuevos superhéroes.

Al mismo tiempo a mis quince años, mientras estaba en el colegio, decidí buscar libros de aviación en la biblioteca. Me emocioné mucho al descubrir varios artículos en la enciclopedia y todos los descansos los pasaba leyendo e investigando.

Me sentía adentrándome en la intimidad de la aviación. Era fascinante descubrir como un avión podía ser navegado solo por sus instrumentos y saber en base como funcionaban sus sistemas. Por fin encontraba algo para hacer que de verdad me motivaba en el aburrido horario del colegio.

Me sentía orgulloso de saber más que los demás compañeros del colegio sobre aviones. Se estaba convirtiendo en algo que era verdaderamente mío. Entre mis quince y dieciséis ya tenía firme en mi mente mi deseo de ser piloto de aviones.

Recuerdo que empezó a volverse una obsesión ir al aeropuerto y observar lo más cerca posible aquellas maravillosas máquinas voladoras despegando y aterrizando. Trataba de observar lo más cercano posible lo que hacían y decían los pilotos.

Empezaba sin darme cuenta a labrar mis primeros pasos en esta profesión al aprenderme poco a poco la diferencia entre un avión y otro y los nombres de las diferentes compañías aéreas. La meteorología ya no era un nombre extraño y empezaba a cobrar vida e importancia.



Esta foto fue tomada en 1977 en el aeropuerto “El Dorado” de Bogotá. Siempre que visitábamos este aeropuerto salía corriendo a esta parte del edificio a observar con toda atención estos hermosos jet 727 de la empresa Avianca. Me quería aprender cada detalle de estos aviones y esperaba el momento de ver a uno de sus tripulantes subir o bajar del avión. Fue la época en que empecé a enamorarme del uniforme de piloto. Era simplemente un contraste muy fuerte con las demás personas su color negro con blanco y sus líneas doradas en la manga. La gorra negra y lo más llamativo…las alas doradas que llevaban todo el símbolo del vuelo en si mismas. (Cortesía de José Carreño de Airliners.net)


Otra vista en el aeropuerto donde se ve el edificio principal y la torre de control.

Este es un 727 de Avianca aterrizando en Miami en los setentas. Era la misma vista que podía disfrutar cuando de vez en cuando íbamos con mi familia de paseo cerca al aeropuerto El Dorado a una calle al lado de la pista de aterrizaje. Me fascinaba sentir tan cerca estas máquinas posándose con tanta majestuosidad y gracia sobre la pista. Después desplegaba el reverso del motor y venía un gran rugido que me hacía sentir lo potente de estas naves. Era ese sonido el que podía escuchar inclusive desde mi casa a varios kilómetros de distancia. Este sonido tan especial del motor jet sin hélice abría un nuevo capítulo en mis fantasías. Eran mis nuevas “naves espaciales”. (Cortesía de Ellis M. Chernoff de Airliners.net)

Llegó el último año del colegio en 1978 y también el momento de decidir que estudiar. Tímidamente, como pidiendo un juguete muy especial, le expresé a mis padres que quería estudiar aviación. Mi padre me dijo que la compañía no le ayudaba con carreras que no fueran “de universidad”.

Sentí una frustración muy fuerte. Me dijo que estudiara algo similar como ingeniería mecánica y que después podría ir a los EU a estudiar ingeniería aeroespacial. Aunque parecía una forma más lejana de alcanzar la cabina de un avión sentía que por lo menos ya había la posibilidad.

Estuve unos tres años saltando de una universidad a otra pues no lograba las suficientes calificaciones para mantenerme. Simplemente estaba desmotivado y aunque pude quedarme “sobreviviendo” en una universidad lo hacia por evitar empeorar la situación con mis padres.

Recuerdo que eran solo los problemas de física, cálculo o química que tenían que ver con aviación los que resolvía con más gusto. Para estas épocas ya estaba enamorado del vuelo sin motor con los planeadores de radio control y me iniciaba como piloto de alas delta o cometas humanas. Entraba al mundo del vuelo y seguía hablando de mi tema favorito…los aviones.

martes, 9 de marzo de 2010

ORACION A LA VIRGEN


Un día, en mi tierra de crianza Barrancabermeja, a mis 7 - 8 años de edad, mi padre me dijo que si le pedía algo a la virgen Maria con mucha devoción de seguro ella me lo iba a conceder. Yo le pregunte: – ¿Puedo pedir lo que sea papi?... ¿No importa lo que pida? – Y el me respondió, – Lo que sea que le pida ella se lo concederá –

En mi alborotada mente de niño pensé durante todo el día y no había duda que era lo que iba a pedir. ¡Deseaba poder volar como lo hacia mi súper héroe Superman!
Una sensación de magia invadió mi cuerpo y mi mente y con toda devoción dediqué una oración a la virgen para que me concediera mi gran deseo de volar. Pero no estaba seguro si esta clase de petición llegaría a ser escuchada.

Fue entonces, cuando en un oscuro y tormentoso fin de semana mientras que almorzábamos en la casa, no aguanté más y decidí preguntarle tímidamente a mi padre: –Papi…Si yo le pido a la virgen Maria que me deje volar como Superman, ¿Ella me lo va a conceder?– Y furioso me respondió, – ¡Tómese la sopa rápido y deje de decir maricadas! –

El no acabó de decirlo y de repente todo se iluminó y estalló en la ventana al lado nuestro el rayo más cercano que yo recuerde. El estruendo fue tan salvaje que mi padre y todos nosotros quedamos paralizados del susto.

Unos quince años después, el Todo Poderoso me concedió mi deseo de sentirme volando como Superman en mi segunda caída libre cuando me inicié en el paracaidismo en Boulder Colorado.

Ese día después de ese hermoso salto de cinco segundos recordé mi antigua petición a la virgen y supe que nuestro amado Padre Celestial me la había convertido en realidad pues sentí plenamente el vuelo puro en todo mi cuerpo. Y también estoy seguro que aquel rayo que interrumpió la frase de mi padre no fue solo una coincidencia...fue un signo del cielo.

lunes, 8 de marzo de 2010

VUELO A BUCARAMANGA

Estaba en mis nueve años y mi madre quería llevarme a Bucaramanga que es la capital del departamento de Santander en Colombia, aproximadamente a una hora de vuelo en avión pequeño hacia el oriente.

Quería comprarme mi vestido para mi primera comunión y también para comprar otras cosas entre ellas las deliciosas hormigas “culonas” que tanto nos gustaba.

Iba a ser mi primer vuelo en un avión bimotor pequeño de ocho pasajeros. Tenía mi ego inflado porque iba a tener ese privilegio. Recuerdo que era un avión “Aerocommander” de la compañia TAS o Taxi Aéreo de Santander y estaba lleno de curiosidad por verlo de cerca.

Este es un Aerocomander 500. El mismo modelo que tuve la dicha de volar como pasajero aquel día con mi madre a Bucaramanga. Fue mi oportunidad de estar mucho más cerca de la cabina y de escuchar y observar con más detalle los pormenores del vuelo. (Cortesía de David Price de Airliners .net)

Llegamos al aeropuerto y me sentía más importante que nunca de saber que este día iba a volar a la capital del departamento. Seguí a mi madre hasta el avión y el capitán nos señaló nuestros puestos.

Desde un principio no separaba mis ojos de todo lo que hacia el piloto, los movimientos de sus manos al iniciar los motores, los ruidos internos y externos. Me fascinaba ver tan de cerca por la ventanilla las ruedas del tren de aterrizaje.

Me gocé cada momento del carreteo hasta que llegamos al inicio de la pista. Fue la primera vez que pude ver la pista al frente mío. Pude sentir en todo mi cuerpo la aceleración del despegue y casi instintivamente sabía a que velocidad iba a despegar.

El piloto nos habló algo sobre las condiciones del tiempo para llegar a Bucaramanga y la duración del vuelo. Algo escuché del piloto que iba a estar un poco complicada la entrada al aeropuerto.

Mi mente de niño no estaba acostumbrada a ver montañas, estaba confuso y fuera de foco al estar rodeado de repente por uno de los racimos de la cordillera andina. Tenía que esforzarme un poco para saber cuales eran los bordes de las cimas y cuales los valles.

Ya llegando estuvimos haciendo varias vueltas sobre Bucaramanga y escuchaba como el piloto se comunicaba con la torre. Era para mi un momento sublime ver cuan lejos estábamos de tierra pero tan cerca por un radio. Perece que había bastante tráfico de otros aviones y algo de mal tiempo lo que nos tuvo un rato allá arriba.

Después vino la aproximación y pude ver como la magia del regreso a tierra enfrentados a una hermosa pista se hacia realidad. Me tomó por sorpresa el ver a mi lado bajar el tren de aterrizaje. Por este detalle es que recuerdo que tipo de avión era el de esta historia.

Luego el piloto después de hacer un suave aterrizaje nos habló sobre algunos detalles hasta graciosos sobre la falta de visibilidad entre la torre y el avión. Esto me hizo ver al piloto como un ser humano más cercano a nosotros y menos esa perspectiva del distante astronauta. 
 
Fuimos a Bucaramanga de compras y obviamente paramos en el mercado a comprar las exquisitas hormigas y otras delicias más de nuestra tierra Santandereana. 

Al regresar a Barranca no olvido lo hermoso que se veía el atardecer sobre el gran valle del río Magdalena. Esta vista me lleno de inspiración y de un sentimiento de amor por el vuelo muy profundo.

Se que dentro de mi estaba ya cocinándose el caldo de la motivación para ser piloto.