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lunes, 7 de junio de 2010

PRIMER INTENTO EN AVIANCA

CAPITULO IV
AVIANCA

PRIMER INTENTO EN AVIANCA

Un día de “papeles” en el Aeroclub (año 86) me encontré con un nuevo instructor y hablando con él me dijo que había sido capitán en Avianca. Era el capitán Alfredo Gracia hermano de un amigo piloto de ala delta Pedro Gracia que nos reparaba las cometas y que también volaba en Avianca como capitán del B-727.

Enseguida le conté que conocía a su hermano por el deporte de las cometas y le pregunté que si me podía ayudar a entrar mi hoja de vida. Me dijo que la llenara y la llevara a la oficina de entrenamiento y que dijera que yo iba de parte de él.

Pensé que era una locura pero si él lo decía no debía perder la oportunidad. Supuse que tendría que ser muy difícil entrar a las oficinas y se me ocurrió colocarme mi uniforme de la escuela pero con las presillas de copiloto así podrían creer que era algún piloto de la misma compañía.

Tomé dos buses desde mi casa hacia la “fortaleza prohibida” donde se encontraba la carrera de mis sueños... ser piloto de Avianca.
 


Antiguo logo de Avianca con la insignia del cóndor que llevan los aviones y las tripulaciones en su uniforme.

Llegué y tenía que pasar tres puntos de seguridad. Estaba nervioso como si fuera a hacer la más grande travesura. Mi uniforme me daba seguridad y con voz firme llegué a la portería y le dije al portero que iba a la oficina de entrenamiento de pilotos de parte del capitán Alfredo Gracia. Hicieron una llamada y parece que la contraseña no falló y me dejaron pasar.

Me sentía como si hubiese entrado a otro país. Podía oler el aroma de combustible de los jets... estaba tan cerca de mi mundo... ¡Que delicia! Pasé otra puerta donde me preguntaron a donde iba y sin problema me dijeron – Siga capitán, suba al segundo piso y es la oficina del centro. – Me sentía increíble de que me dijeran capitán... Se me infló de nuevo mi ego.

Subiendo las escaleras me encontré con un capitán de la empresa, le pregunté por la oficina y él muy amablemente me señaló el camino. Me sentía importante solo de haber hablado con él.

Vi en las paredes algunos grafitis hechos por SINTRAVA (Sindicato de trabajadores de Avianca) quejándose por las condiciones de empleo. Sentí en ese momento la otra faceta de los problemas de los empleados en Colombia.

Llegué a la oficina y en la puerta había un gran letrero con inmensas letras que decía: “NO HAY VACANTES PARA COPILOTOS ¡POR FAVOR NO INSISTA!”. En ese micro momento pude sentir todas las dificultades que tantos pilotos tenían que superar para lograr conseguir trabajo en esta compañía.

Pero yo sentía que este letrero no estaba dirigido a mí y sin esperar toqué la puerta. Literalmente era la primera vez que tocaba a la puerta de Avianca. La secretaria encargada abrió la puerta con la mirada confundida al verme en mi uniforme de copiloto. Le dije que traía esta hoja de vida de parte del capitán Gracia.

Me respondió que ella la iba a recibir pero que no me garantizaba ningún proceso. Le agradecí y salí. De todas formas me sentía ya en la cúspide de la nube. No podía creer que había llegado a esta oficina. – ¡Waoooo esto es Avianca! –

Salí de aquel inmenso hangar y pude ver un majestuoso jet Boeing 727 parqueado recibiendo mantenimiento. Me quedé un momento mirándolo y sintiendo esa inmensa motivación de llegar a tener en mis manos los controles de semejante nave aérea.

 En esos momentos creo que “infecté” el campo cuántico. Este intento fue fallido, pues la secretaria a lo mejor botó mi hoja de vida a la basura, pero poco a poco el universo me estaba preparando para una nueva aventura con esta compañía.

domingo, 6 de junio de 2010

HISTORIAS DE MI HIJO (3a parte)


Continuación: 

Primer vuelo en Parapente

Amaneció y llegó mi tan anhelado día. Igual que el día anterior, salimos temprano a la casa de Edgar, (pero sin el Lady) y al llegar nos topamos con tres timbres. Confundidos nos rascábamos la cabeza buscando la manera de timbrar exitosamente... quizás buscando un cuarto timbre... hasta que encontramos un aviso que decía, entre otros "autóctonos" letreros, “¡¡¡Hágale a los tres!!!”. Le "hicimos a los tres” y salió Edgar quien, con su característica amabilidad nos hizo seguir y nos invitó a desayunar. Montamos los parapentes sobre el famoso campero y salimos al voladero.

Al llegar nos encontramos con otros aeromodelistas que con sus juguetes e historias distrajeron un poco mi ansiedad para mi primer vuelo. Llegó Edgar con el parapente y los arneses para que nos fuéramos alistando.


Con Edgar Hazbón cargando el parapente.


Ya con el arnes puesto listos para el despegue.

Sin siquiera tener tiempo para asustarme Edgar me indicó que a la cuenta de tres comenzara a correr hacia el borde de la montaña. Así sucedió, se desplegó el parapente, mi papa nos ayudó halándonos hacia adelante y comenzó el vuelo. Todo fue tan rápido... miraba hacia abajo y el suelo se alejaba de mi como si estuviera en un rápido ascensor, miré hacia atrás para ver el voladero y solo había cielo pues ¡El voladero ya no quedaba atrás, quedaba abajo! Nos inclinamos hacia la izquierda para pescar una ascendente y ya ganando altitud Edgar me pregunta, – ¿Cómo se siente? – No tuve nada que responder. El paisaje era asombroso.

A la izquierda arriba en el parapente amarillo dobles de Edgar subiendo ¡rumbo a las nubes!

La fuerza conque el viento nos halaba hacia arriba era increíble, sentía como si ya no tuviera derecho a regresar a la tierra. Cuando repentinamente bajaba la ascendente, entrábamos en un descenso que producía una sensación de vacío bastante extraña e intensa la cual era el único indicador con el que yo contaba para saber si subíamos o bajábamos. Hicimos un par de virajes y nos topamos con "la mamá" de las ascendentes que nos hizo acercarnos a la base de un nimbo–estrato que formaba un cielorraso perfecto al que no paraba de mirar con asombro y que me hacía sentir que dividía al cielo de la tierra. Se veía como una barrera que sólo podía atravesar aquel que se merece el cielo.

Sentimos una fuerte ventisca y nuevamente esa sensación de ascenso me estira los cachetes hacia abajo. Siento como poco a poco nos acercamos a ese techo de nubes como si nos fuéramos a estrellar contra él, pero con una fuerte vibración la nube nos da la bienvenida. Inmediatamente el aire se tornó frío y húmedo y ya no se veía nada más que blanco.
– ¡Hacía rato no me "en–nubaba"! – decía contento Edgar mientras yo, con casco y todo, volteé a mirarlo de una manera nerviosa y acusadora. La vibración del parapente y la sensación de ascenso turbulento hacían del vuelo algo escalofriantemente ¡emocionante!

– ¡Tenemos que bajar, la nube nos está chupando! –, dijo Edgar mientras me entregó dos líneas del parapente para que entre los dos redujéramos la vela y así poder descender. – ¡Virgen Santísima! –, dije, – ¡Qué descenso tan berraco! – Rápidamente pude ver el paisaje de nuevo acompañado de un aire cálido y suave. El descenso me enfermaba cada vez más con su característica sensación de vacío. Le dije a Edgar que me sentía mal y me aconsejó respirar profundamente. El resto del vuelo fue en descenso, y mientras planeábamos tranquilamente hacia el sitio de aterrizaje llenaba yo mi mente con hermosos paisajes.

El aterrizaje fue a unos 5 Km. al norte del voladero en el "aprendedero" que queda a orillas de la laguna. Fue un aterrizaje perfecto, el cual no recuerdo muy bien debido a mi malestar.
Inmediatamente "sentamos ruedas" suavemente con nuestros pies me quité mi arnés y mi casco y me acosté en el pasto esperando quedarme dormido, ¡o tal vez morirme! mientras se me pasaba ese horrible mareo. Después de unos minutos llegaron a recogernos.
Almorzamos como a las cuatro de la tarde en una casa de familia cercana al aprendedero donde venden almuerzos con toda la sazón del campo colombiano y con un sabor maravilloso. Durante el regreso a casa mi silencio parecía confundirlos a todos. No dejaba de recordar ese momento en el que Dios me permitió saludarlo y regresar para contarles esta hermosa experiencia… mi primer vuelo en parapente.

Andrés Felipe Madrigal.


En el sitio de aterrizaje.

sábado, 5 de junio de 2010

HISTORIAS DE MI HIJO (2a parte)



Continuación:

Bienvenida a la Lady

Logramos por fin reunirnos con mi padre Carlos cuatro años después de su anterior viaje (2007).
El plan era descansar del viaje el viernes para ir el fin de semana a... ¡Volar!

Se alojó en mi casa, donde me obsequió un programa de simulador de vuelo de avión, con pedales y cabrilla, de modo que pudimos practicar un buen rato el vuelo por instrumentos.

Esa noche preparamos la "Lady", el planeador de radio que el ha venido volando por más de 15 años y que me trajo de regalo para que lo voláramos ese sábado… es todo un baúl de recuerdos y momentos.

Al día siguiente salimos en un bus con la Lady, Carlos y yo para Chía, un pueblo de Cundinamarca, Colombia, a la casa de Edgar Hazbón, amigo de Carlos desde niños e instructor de parapentismo.

De allí salimos en el carro de Edgar. Era un auto campero equipado con varios sistemas poco convencionales en el automovilismo entre los cuales se destacaban los siguientes: Un pito con 8 sonidos de animales que incluían: caballo, vaca y elefante, con los que armonizaba sus quejas hacia el peatón mientras conducía diciendo: “¡Quiten! ¡No hagan estorbo!"… "¡Señora! ¿Qué se siente hacer estorbo?".

Además tenía aire acondicionado "gluteal" que cuando Edgar decía "Tengo caliente el trasero" lo colocaba en la silla y se sentaba sobre el disfrutando de lo que mi papá llamaba, “¡Santas excentricidades Batman!”

Entre risas y locuras nos abrimos camino hacia "El Paraíso", un hermoso sitio cercano a la laguna de Tominé, próxima al pueblo de Guatavita al noreste de Bogotá. Es el sitio, a mi criterio, ideal para el vuelo en parapente.

Al bajar del carro, me acerqué al voladero desde donde se divisa un paisaje indescriptible y hermoso.
Sacamos el planeador Lady y le ensamblamos sus alas esperando viento para lanzarla. – No va a haber viento –, me decía temiendo no poder volarla ese día.

Luego el viento aumentó y nos acercamos al borde de la montaña con el avión cuando Paul, otro aeromodelista, se ofreció a lanzarlo. Lo lanzó de manera firme y convincente, demostrando así su experiencia y dejando que mi papá se luciera con el resto.

Sin esfuerzo ni preocupación lo fue encaminando a la zona de ascendentes de una manera casi rutinaria y bastante metódica, donde se demostraban a simple vista las numerosas horas de vuelo que han compartido juntos planeador y piloto.

Pero, ya en la zona de ascendentes todo cambió. La cara de asombro de mi papá demostró que las montañas de Colombia son una experiencia nueva para la Lady. El pequeño planeador alcanzó en poco tiempo una altura increíble y no salíamos del asombro, asombro que tuvo que controlarse cuando nos dimos cuenta que el planeador estaba demasiado alto.

Riendo nerviosamente dije – En un principio nos preocupaba que no pudiera subir, ahora, la preocupación es que tal vez no pueda bajar, que es aún más grave. – Entonces mi papá lo sacó de la zona ascendente y lo deslizó hacia el voladero, donde los parapentistas en las proximidades se convertían en un obstáculo (o donde la Lady se convertía en un obstáculo para ellos).

Siendo esto un nuevo factor, el vuelo se convierte en algo muy avanzado y exigente. Para el descenso en este caso se requiere velocidad, algo que la Lady alcanzó sin problemas y con una majestuosidad única.

Ya disfrutando de haber superado este riesgo, mi papá aprovechó para lucirse con piruetas y figuras pasando el planeador sobre nuestras cabezas en varias ocasiones. – ¡Wow, como silba! – Decía él por el sonido que el avión producía al pasar a alta velocidad cerca de nosotros, un sonido que nunca había escuchado antes, y que me llenaba de asombro y emoción. Parecía un avión caza, era increíble.

Cada vez había más gente en el aire y el vuelo se ponía más complicado y sobre todo más riesgoso.
– Hay que aterrizar. – Dijo mi papá con un aire de melancolía y a la vez de convicción. Viró para tramo base, dejando que el avión pasara por nuestro lado despidiéndose de la montaña.

Viró a final y repentinamente bajó un poco la intensidad el viento haciendo la aproximación más larga, corriendo nosotros el riesgo de que el avión se pasara de "la pista" y fuera a dar al abismo.

¿Aterrizaje de emergencia? Este se realiza con experimentadas maniobras que requieren años de experiencia y un estado físico y mental excelentes y que básicamente consiste en… "Enterrar esa vaina en el piso y pa' la casita a arreglarlo porque noay’ diotra”, je,je. Y así tuvimos pasatiempo para esa noche.

Andrés Felipe Madrigal

Continuará...



viernes, 4 de junio de 2010

LAS HISTORIAS DE MI HIJO


Mi hijo mayor Andrés Felipe Madrigal de ya veinticuatro años de edad (2010), desde pequeño recibió de mi más de un avioncito de juguete hasta que un día me di cuenta que había crecido cuando me dijo, – Papa ya estoy cansado de los avioncitos de juguete, me sueño con uno de verdad… de radio control. – Aquí están sus historias.


“El pájaro de fuego”

Iba a ser mi primera experiencia en el aeromodelismo de radio control. Como un niño chiquito duré días esperando el anhelado paquete con mis sueños adentro. Finalmente llegó. Apenas lo abrí, no esperé ni un segundo, ni siquiera vi su contenido y me dispuse a conectar el cargador de la batería.
Mientras ensamblaba sus partes fue tomando forma y comencé a imaginarlo en el aire.

 Llegó el momento. La batería del motor eléctrico y de su sistema de radio había cargado. No me importó la hora del día. Instintivamente salí de la casa parcialmente sin rumbo. Ya teniendo claro el sitio donde volarlo, entré a un pequeño potrero, lo preparé y medí el viento. Muy fuerte.

Esperé un tiempo y cuando este bajó, lancé mi avión a un pequeño vuelo. Volvía a subir el viento como diciendo “Primer lanzamiento: exitoso”…y ahora a esperar. Hice los ajustes pertinentes. Al segundo lanzamiento de prueba obtuve un vuelo recto y suave. Listo para el gran vuelo, me dije.

Esperé una o dos horas a que el viento bajara, pero este se empeñaba en decirme “Ya está bien por hoy”. Yo no hacía caso. Supuse que al caer la tarde el viento iría bajando, pero todo parecía indicar que no era el día.

Al día siguiente me fui de nuevo a este lugar, el más amplio que encontré. Esta vez fui acompañado de mi mamá quien me decía –hombre, este potrero es muy pequeño–, pero no soportaba la idea de tener que esperar días a viajar a la sabana para hacer mis vuelos.

De repente el viento se quedó estático. No dudé en ponerme de pie, encender los circuitos, el radio y tomarlo en mis manos dirigiéndome hacia el oriente, de donde suele venir el viento por estas épocas en Bogotá.

Todo a mi alrededor me decía “¡Láncelo hermano, láncelo!” Fue entonces cuando lo solté, y como a un niño empezando a caminar lo vi solo, indefenso en el aire. Me quedé observándolo sin salir de mi asombro hasta que comenzó a perder altura, se iba al suelo, hasta que reaccioné y supe que faltaba algo: ¡Encender el motor!.. Como un resorte subí la palanca de potencia y comenzó a elevarse y a elevarse.

Pude ver, por fin al Firebird en el aire con su brillante color amarillo y sus calcomanías de fuego. Lo sentía tan lejos, que me daba miedo.
No me atrevía a seguirlo elevando. Le di vuelta y lo encaminé hacia mí. El viento cambió de dirección y fue cuando lo vi volar sobre la avenida.

No me importó subir la potencia al tope y elevarlo para tener tiempo de descenso, pero no aguantó el motor con el viento y entró en “stall” (pérdida). Cayó y me lo imaginé rodando bajo las llantas de un carro como un pedazo de bolsa plástica. Al perder altitud, se perdió detrás de unos pequeños pinos que estaban antes de la avenida.

Apagué el radio y salí corriendo para ver su muerte y rescatar sus restos. Lo busqué en la mitad de la calle, sin ver absolutamente nada. Lo busqué debajo de los carros, incluso me di alientos imaginándolo al otro lado de la avenida. No vi nada. ¡Que extraño!

Su color amarillo brillante no se destacaba entre el gris de la calle. Cuando estaba ya sin esperanzas, bajando la antena del radio, lo vi sano y salvo en toda la mitad del separador de la avenida, (el cual no medía más de metro y medio) y dije que aquí había ocurrido un milagro. Crucé la calle, lo recogí y sin creerlo lo observé como si me hubiera encontrado un tesoro. Miré a mi mamá desde lejos y me dije, –Esto no vuelve a pasar; ella tenía razón. –

Busqué por unas horas un potrero más grande y finalmente lo encontré. Todavía quedaba bastante batería, porque el vuelo anterior fue muy corto. Ensamblé el ala y creyéndome todo un experto lo lancé al aire con fuerza y encendí el motor.

Vi como recorría el potrero como una garza que de vez en cuando solía pasar por ahí. Siempre mantuve la potencia a la mitad para que no se elevara mucho. Lo quería bajito para que si algo salía mal el golpe no fuera tan fuerte. El viento estaba a favor y cada vez iba descendiendo.

Parecía que al estar tan bajo, el suelo lo absorbía y no lo dejaba subir. De pronto aterrizó bruscamente entre los matorrales. Fui hasta el sitio y lo recogí. Acomodé el ala y vi que ya no se veía tan nuevo como cuando lo lancé.

Lo volví a volar una o dos veces pero se repetía la historia. Cansado de ir y volver pensé que el primer vuelo había sido suerte de principiante. Toda la noche no pensé en otra cosa que no fuera “mi vuelo de hoy”.

El Firebird es un modelo eléctrico de dos canales, uno para la potencia y el otro para la dirección muy simple gracias a la micro tecnología moderna.
Al otro día, ya tenía la idea fresca de la noche anterior, que consistía en la clave para el vuelo perfecto. Esta vez busqué otro sitio, mucho más lejano y más grande. Lancé mi avión recién reparado y con la batería al tope.

Lo elevé con la potencia al máximo y vi cómo tomaba altura. Supe que tenía razón al haber vencido mi miedo. Qué satisfacción poderlo ver a gran altura surcando los cielos con destreza. Lo giré suavemente para que viniera hacia mí y sentí que el avión volaba solo.

Apague el motor y fue descendiendo suavemente. Tenía viento a favor. Pasó a mi izquierda y se dirigía hacia la calle, entonces lo giré otra vez respondiendo a mi trauma del primer vuelo. Ya con viento en contra, comenzó a ganar altura de nuevo, sin necesidad del motor.

Luego subió el viento y vi como iba perdiendo velocidad hasta que quedó flotando en el aire como una gaviota. Cuando comenzó a avanzar en reversa me asusté y supuse que el viento no era lo suficientemente fuerte como para mantenerlo suspendido, entonces, proseguí a encender el motor.

Con la potencia al tope vi cómo se iba elevando cada vez hasta que casi no lo veía. Pensé en la batería y que a la altura que estaba, me iba a tomar tiempo en bajarlo y aterrizarlo. Le di varias vueltas en descenso y adquiría cada vez más velocidad. Al cambiar de dirección el viento, el Firebird empezó a salirse del terreno.

Lo giré casi a cincuenta grados de inclinación y subí la potencia para que girara rápido. No lograba traerlo de regreso. Subí cada vez las revoluciones del motor hasta que llegué al tope. Sentí una fuerte ráfaga de viento en mi cara y supe que esta iba a golpear mi avión.

El Firebird venía muy rápido. Algo me dijo que ya había sido suficiente avioncito por hoy. La ráfaga lo golpeó, el ala no resistió y se quebró… lo que Carlos llama “El último aplauso”. Y con este aplauso, supe que el aeromodelismo no es simplemente armar y volar un modelo determinado. Es disfrutar de todo el esfuerzo y tiempo que se le dedica a nuestra pasión por conquistar los aires.

...Continuará.

Andrés Felipe Madrigal


Este es un proyecto de planeador eléctrico que el mismo diseñó y lo bautizó “Albatros – I”. Todavía le estamos trabajando en algunos detalles. ¡Las destrezas no hay duda que si se heredan!

Andrés Felipe a sus diecinueve años de edad…piloto de Firebird!!
                                                        

jueves, 3 de junio de 2010

MURIO MI ALUMNO


A finales del 87 me gradué como piloto comercial y estaba muy contento por haber logrado mi tan ansiado sueño.

Debía recoger en el Aeroclub algún documento de mis vuelos y decidi pasar por la escuela. Cuando llegué me encontré con la agradable sorpresa que uno de mis alumnos del colegio Liceo de Londres, en el que yo fui profesor, se encontraba allí iniciándose como estudiante de aviación.

Era Rafael Payares. Me miró sorprendido y con una gran sonrisa me saludó y les dijo a sus compañeros, – ¡Miren, el fue mi profesor en mi colegio y quien me motivó a entrar en esta escuela! – Lo saludé y le desee lo mejor.

Estaba tan contento de verlo ahí. Me sentía muy orgulloso de saber que yo era alguien importante para él. Yo fui su profesor de dibujo técnico cuando él estaba en el ultimo curso de bachillerato.

Recuerdo que el primer día de clases cuando me presenté ante el curso les hice unos dibujos en el tablero acerca de mis aficiones y de lo que yo estaba en ese momento estudiando. Cuando dibujé un avión mi alumno enseguida dijo – ¡Aviación!... ¡Yo también quiero ser piloto! –

Me quedé sorprendido de saber que había en mi clase un futuro piloto y muy contento le dije que era muy importante esta clase para la educación de un piloto debido a que la navegación aérea comprendía muchos gráficos y perspectiva tridimensional.

Hablábamos mucho en los recreos sobre aviación y fue ahí en un descanso que le estuve hablando de la escuela Aeroclub donde yo estaba estudiando. También le contaba sobre lo costosa que era esta carrera y las dificultades que traía.

El muy motivado me decía que su padre lo apoyaba en su decisión y estaban ya buscando la financiación para entrar a estudiar.

Como un mes después de que nos vimos volví a pasar por Aeroclub y recibí la dolorosa noticia de que mi alumno con su instructor se había matado en un vuelo de entrenamiento haciendo trabajo de pista. Entraron en una pérdida y al tratar de aterrizar de emergencia se estrellaron contra un pequeño rancho.

No podía creerlo. Me dio una tristeza muy profunda mezclada con frustración de saber lo corta que había sido su carrera. Sentí como si se me hubiera matado un hermano menor al que quería seguir motivando para que siguiera volando. Todavía podía sentir su presencia. Era como si estuviera en la mitad de una macabra coincidencia... justo a la única persona a quien yo había traído hasta Aeroclub.

Rafael, estoy ahora mirando hacia arriba, hacia ese cielo donde se que sigues volando. Te dedico estas letras y se que siempre estaremos volando juntos.



miércoles, 2 de junio de 2010

LA HISTORIA DE PILY

Pilar Triana es de las pocas verdaderas amigas que conservo desde aquellas épocas. Fue una de las aficionadas al deporte del vuelo en cometa en nuestro club en Bogotá en los años 80.
Aquí esta su bella y motivadora historia…

“El aprendedero”

Cuando Carlos Darío me pidió que hiciera un articulo acerca de lo vivido en nuestro club de vuelo en Cometa “Icaros”….me trasladé a tal vez quince años atrás (tantos!) y sentí nostalgia de muchas cosas compartidas …… ganas de volar, curiosidad, sueños….

Por ello no haré mención a algún día en particular ni a ninguna situación en particular sino a toda una vivencia como ser humano.
Gracias a nuestro querido club, tengo en la mente tantas situaciones y en mi corazón algunas personas que aún conservo como verdaderos amigos.

Y un sitio que quedó en mi mente por siempre….”El aprendedero”….. aquella bella “montañita” situada en un pueblo característico del bello departamento de Cundinamarca en Colombia llamado Madrid.
Ese dichoso sitio, nuestro por varios años, fue escenario de tantos “vuelos fallidos”…de algunos incidentes que por fortuna no fueron fatales….. pero también de primeros felices vuelos, de aprendizajes…y hasta de romances.

Cony en uno de sus vuelos en el aprendedero de Barroblanco
 en Madrid (Cundinamarca, Colombia)

 También fue el filtro para saber quien de nosotros como alumnos estaba dispuesto a “entregar su alma” a este mítico deporte, pues una cosa si puedo asegurar hoy en día…… una cosa es ver un show del aire y dejarse llevar por la poesía del vuelo de un hombre o una mujer–águila y animarse a imitarlos y otra muy diferente es ya “estar en el cuento”.

Recuerdo tanto nuestras reuniones “en tierra” a veces para hablar sobre nuestra próxima salida, con pequeños recreos para hablar también de cosas personales y de angustias existenciales. Llegó un momento en que el grupo te daba tantas cosas que llegamos a depender los unos de los otros para tomar decisiones importantes y se convirtió para muchas personas en un refugio a donde también llegaban otros miembros externos (amigos, novios, “amigovios”, tías, primos, etc.)…..como una « familia extensa ».

Gracias a esa gran familia extensa pudimos realizar nuestro vuelo más importante….nuestro viaje más importante…. el conocernos un poco más a nosotros mismos…..y como dice Paulo Coelho: “Viajar es la experiencia de dejar de ser quien te esfuerzas en llegar a ser, para transformarte en aquello que eres”.

Yo me di cuenta que soy un ser netamente terrestre pero sigo enamorada de las aves y sigo disfrutando de la poesía del vuelo…. a través de mis viajes…a través de las montañas que observo siempre desde la que ahora es mi casa en Italia….. y sobre todo…a través de las experiencias de mis amigos de antes, de hoy y de siempre.

Pilar Triana.


martes, 1 de junio de 2010

EXAMEN FINAL (2a parte)



Continuación...

Inicié el avión, despegamos y nos dirigimos de nuevo al área de Zipaquirá para continuar con los “step down” o aproximaciones hasta una altura acordada que simulaba estar saliendo de las nubes para aterrizar en una supuesta pista imaginaria a una altura de mil pies sobre el terreno. Por fin hice mejor la maniobra y me alistaba para la siguiente cuando de pronto el capitán dijo, –Madrigal, dígame el procedimiento para falla de motor. – Se lo respondí de memoria creyendo que era parte del examen y me dijo, – ¡Que hubo que no lo hace! ¡Mire los instrumentos! ¡Ponga rumbo a Guaymaral que este motor esta fallando! –

No podía creerlo, por un segundo creí que me estaba poniendo a prueba pero cuando vi que empezaban a caer las revoluciones del motor y aumentaba la temperatura me di cuenta que estábamos entrando en una verdadera emergencia.

El motor poco a poco se ponía mas ronco. Hice todo el procedimiento para tratar de estabilizarlo. El capitán llamó a la torre y explicó la situación para que cuando llegáramos tuviéramos prioridad.

A pesar de que habían bajado las revoluciones no perdimos altura y llegamos al área del aeropuerto sin problema. Aterrizamos normalmente y cuando nos acercábamos a los hangares del Aeroclub empezamos a notar un olor a aceite quemado. Me señaló que lo parqueara al frente del hangar de mantenimiento, cortamos el motor y salimos enseguida del avión.

Del motor empezaba a salir un poco de humo señal de que estábamos ya perdiendo aceite tal vez por el problema que traíamos. No estaba seguro que iba a hacer el capitán y pensé en que tendríamos que repetir el examen. Me sentía frustrado pues todo parecía conspirar contra mí... ¡Hasta el mismo avión!

Este Cessna 152 del Aeroclub tiene el diseño de pintura de los 80.
Este es el HK-22 47 que vole muchas veces. Para esas épocas estos aviones
 traían el sufijo con la letra -I (India) que significaba "Instrucción"
 pero luego se cambió a -G (Golf) que significa "General".


 Entramos y me pidió mi bitácora de vuelo. Sin que yo viera escribió lo requerido en el libro y me llamó a su mesa. – Mire Madrigal, yo lo voy a dejar graduarse porque pasó “raspando” el chequeo...pero le hago una advertencia, una vez tenga su licencia... ¡No se vaya a poner a volar solo porque se va a “quebrar el culo”! !Esta claro!–

Después de la emergencia esta si que era una buena noticia. ¡Por fin había pasado mi examen final!

Aquel día descubrí que un “agüero” que tenía había hecho de las suyas. Siempre que yo decía “este es el último o la última vez”, como en este caso el último vuelo en el Aeroclub, era de muy mala suerte y se cumplió el agüero con esta emergencia. Luego me quité este “agüero” simplemente siendo mas positivo mentalmente y añadiendo que lo último es solo temporal.

Al día siguiente, sin perder tiempo llevé todos los papeles necesarios a la Aeronáutica Civil en el aeropuerto El Dorado de Bogotá para procesar mi licencia comercial. Aquella tarde organizamos con mi esposa Cony y unos amigos una pequeña celebración con una deliciosa cerveza fría en un bar en el centro de Bogotá. Ese día agradecía con mucho sentimiento el haber logrado mi sueño de ser piloto comercial.

Gracias a mi padre Dario, a mi madre Rosa Maria, a mi esposa Cony, a la empresa Ecopetrol, a mis instructores y a todos los que me apoyaron en mi travesia para lograr este escalón, un escalón en este gran camino que se llama aviación... y asi mi sueño se hizo realidad!




Este es el plan de vuelo que conservo del examen final con el capitán Potes.
 Diciembre del 86…¡Que buen regalo de navidad!