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miércoles, 14 de abril de 2010

EL CAPITÁN POTES

CAPITULO III
ESCUELA AEROCLUB DE COLOMBIA
EL CAPITÁN POTES



Logré por fin “mudarme” en el año 1984 a esta nueva escuela donde obviamente la primera gran diferencia era el tipo de avión con el que quería seguir mi entrenamiento. Se trataba del Cessna 152 con motor adaptado para la altura de Bogotá que al estar sobre los ocho mil pies debía dar más potencia que el original para así poder subir sobre los encumbrados picos de las cordilleras Colombianas.

La gran diferencia con los de Aerocentro es que tenían el ala arriba lo cual los hacia un poco más pequeños pero con muy buena vista hacia los lados pues el ala no obstaculiza la visión excepto en los virajes.

Esta es una antigua postal de los años setenta de la escuela Aeroclub de Colombia donde muestra en la parte delantera y debajo de este avión Cessna 152, las instalaciones del club y de la escuela. Al centro se puede ver una cancha de tenis, arriba esta la cede y alrededor los hangares. A la derecha esta la vía de acceso desde Bogotá y a la izquierda esta la porción de entrada a la pista de aterrizaje. Esta postal me la mandó a Denver mi instructor Gustavo Guerra de esta escuela. El alumno piloto del Cessna en esta foto es una simpática bogotana que por grandes coincidencias de esta vida me la encontré también en Denver mientras estudiaba Inglés.

Vista actual de la rampa del Aeroclub con el 2247 que esta con los nuevos colores. Tuve la oportunidad de volar este mismo avión varias veces durante mi entrenamiento. ¡Todo en esta foto se mantiene muy similar después de casi veinte años!

Vista interior de una Cessna 152 muy similar a las que volé en ese entonces.


Otra vista actual del HK–2247

Me entrevisté entonces con el jefe de la escuela, el famosísimo capitán Pierre Potes (ni modos de esconderle el nombre). Era un ex fuerza aérea con un carácter bastante pesado, autoritario que infundía bastante temor entre los estudiantes.
El ambiente de la escuela tenía también cierto ambiente “militar” por las continuas reuniones que este capitán nos exigía para escuchar una y otra vez las reglas y procedimientos a seguir.

Siempre después de un vuelo con algún alumno cumplía el mismo rito de pedirle un “tinto” (café) a la encargada de la cocina, entraba a orinar y después salía prendiendo su cigarrillo y vociferando llamaba al alumno como si se tratara de un cadete militar.

Recuerdo que el solo hecho de saber que tenía que volar con él me llenaba de miedo y nerviosismo. Casi el mismo día que entré nos exigió usar el uniforme básico de piloto con pantalón negro, camisa blanca con corbata y una insignia de la escuela en la camisa que todavía guardo como recuerdo. Creo fuimos la primera escuela en Colombia en usar uniforme blanco y negro.

Insignia del uniforme de Aeroclub en los 80.

lunes, 12 de abril de 2010

SE LO TRAGO LA CIUDAD


Por fin llegó el día soñado para Carlos Iván Medina por allá en el año 86.  Estaba listo para volar sobre la ciudad. Ya tenía la suficiente experiencia de vuelo en alta montaña como para hacer este vuelo. Le llamábamos el vuelo de Unicentro pues sobrevolábamos una zona de este centro comercial al norte de Bogotá.

Era un vuelo soñado pues solo los pilotos avanzados sabían como mantener la altura necesaria para lograr llegar al sitio de aterrizaje después de volar un tramo de unos 3 kilómetros sobre casas, edificios y finalmente cables de alta tensión bastante altos.

Era este el sitio a donde acudíamos años atrás a observar con fascinación a estos increíbles hombres cometa volar y aterrizar cerca de las casas. Hacer este vuelo era simplemente hacer un sueño realidad.

Carlos Iván es el hermano de Claudia, mi compañera estudiante de la escuela de aviación y fue ella quien le comentó sobre el club de vuelo en cometa.

Subimos al sitio de despegue y preparamos todo para su vuelo. El “Carlocho”, como lo llamábamos afectivamente, estaba simplemente feliz.
Bajé al sitio de aterrizaje para poder observar su vuelo. Me sentía orgulloso pues era uno de mis alumnos a quien había graduado ya hacía un tiempo en el Neusa y ahora estaba ya entrando en el vuelo avanzado.

Pude ver como varios cometistas se remontaban sobre las montañas del noroccidente de Bogotá. Trataba de identificar la cometa de Carlos Iván. Por fin la vi despegando y separándose del horizonte. Era una cometa un poco grande para su peso y fue usada para vuelos doble o con pasajero.

Pude ver como se remontó y empezó a mantenerse con las corrientes ascendentes cargadas de aire húmedo que provenía del valle del río Magdalena y que unas horas más tarde se convertiría en tormenta al acumularse sobre este sector de la ciudad.

Después de una hora de elegante vuelo sobre la montaña decidió “despegarse” e iniciar su aventura de vuelo sobre la ciudad. Este vuelo tiene mucha magia pues de forma silenciosa puede uno ver las calles, las personas, los carros, los perros como locos ladrando al inmenso pájaro intruso sobre sus patios. Puede uno ver los niños apuntando con sus dedos al cielo gritándole a sus amiguitos, – ¡Miren… una cometa! –

Parece que por el tamaño de la cometa y la ruta que tomó no tuvo suficiente rendimiento y empezó a perder altura muy rápido. De aquí en adelante la dulce dicha empezó a volverse amarga. Yo estaba con Edgar en medio del potrero esperándolo y Edgar me comentó, – Carlos, creo que cogió una descendente y si sigue bajando no va a lograr pasar los cables . –

Vimos como se acercaba peligrosamente a la altura de los cables y de repente hizo un brusco viraje hacia su derecha y se enfiló hacia un conjunto residencial. Era como si hubiese perdido la razón y decidiera estrellarse contra las casas. – ¿Habrá perdido el control? – dije. Edgar empezó a correr en esa dirección gritando, – ¡Se cayó Carlos Iván! ¡Se cayó Carlos Iván! –

Carlos Ivan virando a su derecha. (Dibujo de mi autoría)
Enseguida, como en una pesadilla, desapareció detrás de unas casas como si la ciudad se lo hubiese devorado sin misericordia. No podía creer estar presenciando este desastre y menos que fuera a mi amigo. Sentí un frío por todo mi cuerpo. A mi mente llegaban horribles imágenes de tubos retorcidos, sangre y huesos rotos. Pero Carlos Iván empezaba a vivir la más increíble y diría yo, la más milagrosa experiencia de su vida.

Al darse cuenta que no había logrado el ángulo de planeo para pasar con suficiente altura los cables de alta tensión se sintió acorralado. No podía creer que le estuviese pasando a él. Lo que todos temían y nadie quería ni siquiera imaginar, porque sabían que lo que seguía era un cuento de horror.

Caer sobre la ciudad, no solo era humillante ante sus compañeros pilotos, era la pesadilla que se estaba haciendo realidad para su novia y amigos que lo estaban observando. Ahora era su realidad.

Enseguida toda esa teoría sobre emergencias que habíamos estudiado se acumuló en su mente y en una mesa redonda de voces internas en su cerebro en fracciones de segundo emitieron una decisión, – ¡Voy a luchar hasta el último momento! – Su espíritu guerrero se apoderó de él y de su garganta salió un grito de guerra… – ¡Juepuuuutaaaaaaa! –

Y con este “madrazo” se lanzó con su cometa a embestir al demonio interno de su miedo. – Piensa Carlos Iván, piensa –, se dijo, – Busca los árboles, los árboles, trata de aterrizar sobre ellos y así evitas el duro estrellón contra una pared de cemento. – Enseguida viró a su derecha fuertemente buscando una hilera de árboles que bordeaban un canal. Su visión se transformó en un túnel y todo a su alrededor desapareció. Solo estaban los árboles al frente suyo y aumentó su velocidad para no salirse de su ruta.

Pero como un chorro de agua fría que heló su sangre vio como los árboles pasaron debajo de él y no le quedó más remedio que subir la mirada y enfrentar lo que apareciera al frente. Delante de él seguía la inminente colisión con lo sólido. Cables de teléfono, postes de la energía, casas, techos, antenas de hierro y el sabor de la adrenalina en su boca seca.

– ¡Maldición! – Gritó – ¡Que hago ahora! – Pero el laberinto se redujo a dos escenarios. Ante él tenía una hilera de casas con agudos hierros y tanques de agua prometiéndole un doloroso y estrepitoso final y al lado una calle con postes y cables que la cruzaban por todos lados como una telaraña. Instintivamente se decidió por la calle. Rápidamente maniobró para quedar en final hacia la angosta calle. Subió las manos a las barras verticales preparándose para el aterrizaje y el encuentro con lo que viniera.

Ya no había tiempo para pensar, todo estaba ya desarrollándose ante sus ojos. Vio un espacio entre los cables que cruzaban la calle y disminuyendo un poco la velocidad logró esquivarlos. Volvió a bajar la nariz y se metió entre la ventana de oportunidad que el destino le brindaba. Se abría ante el otro mundo. No podía creer que sus alas estaban ahora volando entre dos hileras de casas. Veía como pasaban una a una las casas.

Como en un juego de precisión esquivó varios postes de la luz. Veía como el pavimento de la calle se acercaba y pasaba rápidamente debajo de él. – ¡Voy a aterrizar en la calle! –, Pensó, pues no tenía ningún obstáculo al frente suyo.

Pero estando ya a solo unos metros para aterrizar, salió de una de las casas un carro en reversa frenando en seco al ver que algo se le venía encima. Carlos Iván gritó, – ¡Nooooo! –, Ambos abrieron completamente los ojos y la boca. El chofer no podía creer a sus ojos al ver una cometa humana volando hacia él y apunto de estrellarse contra su carro.

Carlos Iván reaccionó empujando fuertemente la barra y casi al mismo tiempo sin percatarse una de sus alas golpeó un poste. Esto hizo que la cometa frenara y girara al mismo tiempo. Enseguida las ruedas protectoras de madera de su triángulo tocaron el pavimento y empezaran a arrastrarse. Se detuvo casi al lado del carro pero no alcanzó a tocarlo.

Ambos se siguieron mirando con los ojos todavía bien abiertos. El chofer le gritó, – ¿Esta bien?–, y Carlos Iván le respondió, – ¡Si, estoy bien! – Se quedaron callados mirándose como esperando que algo más sucediera y les explicara que era lo que les estaba sucediendo.

El chofer se bajó de su carro y empezó a caminar alrededor de la cometa para ver desde otra perspectiva este cuadro abstracto. Carlos Iván se descolgó de la cometa, la levantó con sus hombros y la colocó al lado de la calle, alzó los brazos y mirando al cielo gritó, – ¡Lo logré! ¡Estoy vivo! –

Llegamos corriendo con Edgar con la angustia todavía en nuestras gargantas y con la respiración agitada. Vimos la cometa y empezamos a buscar a Carlos Iván pensando en que pudiera estar herido. Salió a nuestro encuentro y con una cara de perfecta alegría nos empezó a contar con detalle el milagro que había vivido…y como, por un error... se lo tragó la ciudad.

Dedicada a ti “Carlocho” mi profesor de piano, con quien compartí tantos pensamientos sobre las estrellas y el más allá.

domingo, 11 de abril de 2010

PRIMER VUELO EN HELICOPTERO


Coincidencialmente uno de los alumnos de esta escuela de Aerocentro para el año 1986 fue un antiguo amigo del barrio en Barrancabermeja. Además de estar en clases de helicóptero también practicaba el paracaidismo ahí también.

Un día estábamos charlando en la escuela y caminando hacia la rampa me dijo: – Carlos, lo invito a un pequeño vuelo en helicóptero.–
Era volar desde la rampa de la escuela hasta el otro lado del aeropuerto para colocar gasolina. Pero me dijo que tenía que ser en secreto pues el todavía no estaba autorizado a llevar pasajeros.

Era un nuevo y bello helicóptero Huges 300 que había adquirido la escuela. Pensé que estaba bromeando hasta que abrió la puerta de esta maravillosa nave y me dijo: – Rápido Carlos, suba que el instructor no se puede dar cuenta. – Me subí y pude seguir de cerca el rito del inicio de un helicóptero. Me sentía viendo una película de acción donde estábamos a punto de escapar de una prisión. Seguía con toda mi agudeza visual su mano actuando cada uno de los interruptores y palancas.

Tomó vida el motor detrás nuestro y las aspas sobre mi empezaban a girar. Aunque sabia la teoría no podía comprender como esas pequeñas aspas nos iban a levantar.

 Aceleró el motor y de pronto me sentí en el interior de una burbuja de un “OVNI” que empezaba a despegarse del piso. Pensaba…“¡Estamos flotando…nos estamos elevando!”. Me sentí completamente inútil al no tener ningún control de este extraño avión.

Nos elevamos y al mismo tiempo con los pedales giró hacia la otra rampa. Me pareció que perdía contacto con la realidad y estaba soñando. Era como flotar en un extraño mundo, como levitar sentado en una silla. El mundo debajo se movía de una forma completamente nueva y ajena a lo que estaba acostumbrado. No sentía miedo sino fascinación. Gozaba cada segundo.

Nos deslizamos y suavemente sentó los patines de este gran aparato sobre la rampa de la estación de gasolina. Me dijo que me bajara rápido y me devolviera caminando para evitar sospecha. Le agradecí por el pequeño paseo y me devolví caminando hasta la escuela con esa sensación en el corazón de haber estado en mi medio del aire de una forma tan mágica.

Volví a ver a mi amigo años más adelante como tripulante del jet 727 en la compañía ACES.
Y asi fue mi primer vuelo en helicóptero... inolvidable!


Para mi amigo, Aerocentro y su gente… ¡Gracias!


Este es el mismo modelo de helicóptero de pistón
 en el que tuve la oportunidad de volar en esta historia

Vista de los instrumentos de vuelo desde la cabina del Huges 300.
Pensar que casi entro a estudiar este bello artefacto volador.

viernes, 9 de abril de 2010

LAS FIESTAS DEL HACHA (3a parte)


Continuación...

Apenas hice el cambio de manos a las barras laterales y tomar mi posición erguida para aterrizar noté que el terreno, ¡Estaba en subida! Enseguida aumenté aún más la velocidad y empecé a volar a ras de piso en subida, empujé fuerte la barra y para mi alivio coloqué mis dos pies muy suave sobre la fresca hierba.

 Alcé mis brazos y solté un grito de triunfo. Miré a mí alrededor y no veía a nadie. Solo me rodeaban grandes arbustos y una cerca de piedra de un rancho cercano. Supongo que pronto vendrá el taxi a recogerme.

De repente como en un cuento de hadas empezaron a salir niños de todos lados, más y más niños. Todos corrían hacia mí. Era esa competencia instintiva en el alma de los niños al que primero llegara a la cometa y la tocara.

Así que pasé un buen rato usando mi experiencia de profesor de primaria para evitar que dañaran la cometa. Les inventé el juego en el que se colgaban de la cinta simulando que volaban y así los puse en fila.

Vi a otro grupo de niños reunidos un poco más abajo y estaban lanzándole piedras a algún animal. Me causó curiosidad y me acerqué. Era una pequeña serpiente y le estaba lloviendo una metralla de piedras. Les pregunté, – ¿Pero chicos, porque quieren matarla? – Me miraron con cara de que se suponía que es lo normal matarla.

Pero mi instinto de protección hacia el animalito se me saltó. – Chicos, es una pequeña serpiente y no es venenosa, déjenla ir. – Se fueron alejando poco a poco al ver que este extraño hombre cometa en vez de alentarlos a matarla ¡La estaba protegiendo!

 Una vez volví a la cometa para seguir esperando a mi gente uno de los niños líder del grupo siguió lanzándole piedras y se le estaban uniendo los otros. Salí corriendo hacia ellos y les dije, – ¡Paren, paren! ¡No la maten! Ya les dije que no es venenosa. ¿Por que quieren hacerle daño? – El niño me respondió, – ¡Es una culebra y hay que matarla! –

Pensé que tenía toda la razón y era yo quien me estaba entrometiendo en sus costumbres. Vi a la serpiente con la boca abierta buscando defenderse y vi que las piedras no la habían herido debido a la espesa hierba. No aguanté verla así y la cogí con mi mano y una rama de un arbusto. Me sentía extraño al sentir su suave y fría piel.

Nunca se me hubiese pasado por la cabeza que después de un vuelo iba a salvar a una pequeña serpiente de morir! Todavía hoy trato de descifrar el extraño mensaje que el cosmos me enviaba ese día. La llevé al fondo de unos arbustos y la escondí de los niños.

Llegó mi equipo de “rescate”, subimos la cometa al carro y nos dirigimos a la plaza central para unirnos a la celebración.
Al llegar a la plaza estaban todos divirtiéndose con el Indio Rómulo que era un gran personaje cómico del folclor Colombiano.

Me invitaron a subir a la tribuna y de pronto el presentador me anunció y me pidió que pasara al frente para dar unas palabras al público. Me sentí como cuando niño al hacer una presentación delante de todo el colegio.

Pasé al frente y volví a sentir a esa fanaticada con quien me comunique cuando estaba sobre ellos. Tomé el micrófono y empecé con un fuerte saludo, – Hola mi gente de Pensilvania, ¿Les gustó el vuelo sobre la plaza? – Escuché solo gritos porque cada uno decía algo diferente.

Les hablé brevemente de lo hermoso que el pueblo se veía desde arriba y que estaba ya enamorado de estas bellas tierras y de su gente. Y finalicé de nuevo con un, – ¡Vivan las fiestas del hacha! – Y un – ¡Viva Colombia! – Y una vez más me respondieron, – ¡Que vivaaa! –

Enseguida me llamaron atrás del escenario porque el alcalde me quería ver. Me felicitó y me pagó lo prometido. Me dio las gracias por haber aceptado tan difícil proyecto. Me quedé un momento pensativo pues en un par de días de show aéreo en una cometa sin motor... ¡Gané más que en todo un mes volando en un gran turbohélice lleno de pasajeros! Así es la vida.!

Al siguiente día nos organizamos temprano pues debía hacer el segundo vuelo y después partir de regreso.Me acordé de la chica que quería aprender a volar. No la había visto la noche anterior entre tanta gente. Sentía como si ella era la única persona que en realidad había compartido conmigo ese sentimiento de vuelo. Como si solo ella sabía lo que yo sentía al estar allá arriba.

Pensé en invitarla a subir la montaña con nosotros. Me contacté con la organizadora y me dijo que le iba a hablar para que se uniera al grupo. Le dejé una nota con mi teléfono como lo hace un recién enamorado. Me rasqué la cabeza diciéndome, – Hey Carlos, ¡No tan aprisa que usted está casado! –

Subimos la montaña y afortunadamente el viento estaba enfrentado y fue más rápido el despegue. Aproveché para llegar lo más alto sobre la plaza posible. Esta vez no saludé con mi garganta sino con mis alas y maniobré para hacer un par de virajes semi acrobáticos. Al nivelarme pude ver que todavía tenía altura y se me ocurrió volar hasta el lado sur del pueblo donde había una pequeña plaza de toros.

Cuando llegué sobre esta plaza me di cuenta que estaban en pleno show de caballos de paso como parte de las fiestas. Pensé en no hacer nada especial sino solo pasar por un lado para no asustar a los animales. Inicié el viraje y saludé agitando mi brazo fuertemente. Para mi sorpresa empecé a ver cientos de destellos que salían de la tribuna y luego caí en cuenta que eran los flash de sus cámaras tomando fotos al hombre cometa.

Cuando volví a buscar el potrero de aterrizaje me asusté pues estaba más bajo de la cuenta para llegar. ¡Me distraje mucho en la plaza de toros! Me acosté lo más que pude, puse un brazo atrás de mi para reducir el rozamiento aerodinámico, hale la barra de control al punto de máximo planeo como comprando unos metros más de vuelo para no caer en los árboles.

Afortunadamente la cometa respondió y llegué directo al potrero no sin que me quedara mi pierna derecha temblando por el susto. Eso si de nuevo como hormiguitas aparecieron los niños a tocar la cometa y a hacer cola para que yo los montara en el vuelo imaginario sobre el pueblo. Creo que esto fue lo más divertido de todo el paseo. Fueron los niños el verdadero regalo que me dio Pensilvania en cada aterrizaje.

Llegamos a la plaza principal a despedirme de los organizadores y a pagarles su parte a quienes nos ayudaron a subir el equipo. Por fin apareció Olga Inés la chica que soñaba con volar. Le dije que hiciera lo posible por ir a Bogotá y que me llamara para que habláramos y compartiéramos nuestras experiencias con el vuelo.

Ella se mostró muy alegre de haberse contactado con nosotros y parecía que su timidez inicial desaparecía cuando le hablábamos de nuestro club de vuelo. Me acerqué a ella y se me escapó un piropo, – Que cabello tan brillante, te voy a llamar “Ricitos de oro” como en el cuento de niños. –
Ella se sonrió y luego con el beso de despedida pude sentir en su mejilla su suave piel. Con esto quedé más nervioso aún porque me había gustado ahora toda ella, en alma y cuerpo! Estaba emocionado pero decidí mantener ese amor platónico en secreto.

Tomamos nuestro camino de regreso y a mitad de camino me bajé para tomar un bus a la ciudad de Manizales, la capital de Caldas, donde al día siguiente debía presentarme para volar como copiloto en la empresa ACES.

Durante el camino solo pensaba en “Ricitos de oro”, en los niños y en la fabulosa aventura que había vivido.

Mantuvimos contacto por teléfono pero ella hablaba más con mi esposa que conmigo sobre las actividades del club de vuelo. Mi secreto seguía escondido.

Fue un año después cuando me divorcié de Cony y decidí emigrar del todo a Los Ángeles cuando hicimos contacto de nuevo. Con cartas y llamadas encendimos la llama del amor a partir del sentimiento mutuo sobre la poesía del vuelo. Dos años después decidí ir a Pensilvania a verla. Nos reencontramos, nos abrazamos, nos tomamos de la mano y con un beso comenzamos una bella historia de amor.

Dedicada a ti Olga Inés, mi “Ricitos de oro” y a todos los niños de Pensilvania.


jueves, 8 de abril de 2010

LAS FIESTAS DEL HACHA (2a parte)


Continuación...

El sábado en la mañana inicié el proceso de calmar las palpitaciones extras que me producía la ansiedad del gran proyecto, – ¿Volar sobre el pueblo? – Me decía, – No se si pueda hacerlo. – Nos reunimos todos y empezamos la larga caminata y escalada de la montaña que dominaba el paisaje principal de Pensilvania. A medida que subíamos se veía el pueblo más pequeño y yo veía más grande la posibilidad del vuelo.

Una vez estábamos lo suficientemente altos busqué el mejor sitio de despegue y así les señalé a todos donde detenernos para descansar. De solo ver el pueblo allá abajo me hacía sentir unas ganas intensas de volar.

Decidí traer la cometa de aprendizaje que al ser lenta y estable me daría más flexibilidad para este vuelo. Era "la tricolor" con los colores de la bandera de Colombia lo que engalanaba el sentimiento patriota de las gentes de estas tierras.

Estudié con detenimiento el área alrededor del pueblo buscando posibles cables de energía que pudieran cruzar la aproximación a cada posible potrero de aterrizaje. Por fin elegí el mejor sitio y mandé el mensaje para que me recogieran allá.

Armé la cometa y cuando todo parecía estar listo el viento no estaba colaborando pues estaba muy cruzado de la izquierda para hacer un despegue seguro. Decidí esperar y mandé un mensaje por el radio a los organizadores de que tal vez me demoraba más de una hora en espera de mejores condiciones. Me respondieron que tratara de despegar lo antes posible pues casi todo el pueblo estaba ya en la plaza principal.

Me sentí como el cantante que se hace de rogar y no sale a cantar. – Pero, ¿Porque todos salieron tan temprano? – Pregunté por el radio y me respondieron– Lo que ocurre es que quitaron las luz en todo el pueblo para protegerlo en caso de que caiga en los cables de energía. Y al estar sin luz pues no pueden ver televisión y no les queda más que salir a la plaza a ver al hombre pájaro hacer el show! – ¡No podía creerlo! Era el folclor del pueblo y su forma de pensar y pensándolo bien ¡Tenían razón!

Después de unas dos largas horas de espera el viento disminuyó y encontré la mejor oportunidad para despegar. Les avisé a todos que estaba listo. Me concentré y clavé mis ojos en la pequeña cinta de lana que estaba atada debajo de la nariz de la cometa. Esta me indicaba exactamente la dirección del viento.

En mis hombros podía sentir el más mínimo movimiento de mis alas. Sabía que tenía un despegue con casi cero viento y debía tener cuidado. Algo dentro de mí dijo, – ¡Ahora! – Inicié una fuerte carrera hacia abajo. Empujé la barra y mis pies quedaron libres del elemento sólido.

Me envolvió enseguida el familiar sonido del aire diciéndome que podía proceder a tomar la barra transversal y volar en posición horizontal. Enseguida miré hacia el sitio de aterrizaje y calculé que tenía altura de sobra para volar sobre el pueblo antes de buscar el aterrizaje.
Me dirigí tranquilo hacia el pueblo mientras disfrutaba de la mejor vista de estas montañas.



Acercándome con la cometa tricolor a la plaza principal de Pensilvania.

Una vez llegué no podía distinguir bien que era lo que veía dentro de la plaza principal. Empecé a dar un pequeño círculo y para mi sorpresa me di cuenta que ¡Eran cientos de caras mirando hacia arriba!

Sentí una emoción enorme y recordé que la vela de la cometa hace efecto de alta voz y con todo lo que mi garganta daba grité, – ¡Que vivan las fiestas del hacha! – Y casi de inmediato como la fanaticada de un estadio respondieron, – ¡Que vivaan! – No podía creerlo, ¡Me escucharon! Esto me encendió aún más y volví a gritar, – ¡Que viva Colombia! – Y la multitud me regresó un fuerte, – ¡Que vivaaaa! – El corazón se me salía del pecho de la emoción. Que experiencia tan hermosa!

Di varios círculos un poco más inclinados a modo de darles un poco de show aéreo. Apenas tenía la altura adecuada me enfoqué en los postes de teléfono y energía que estaban cerca del área de aterrizaje para mantenerlos “controlados”.

Localicé el pequeño potrero y me esmeré al máximo para no hacer virajes de más ni de menos. Lo enfrenté con la altura precisa y aumenté fuertemente la velocidad bajando la nariz de la cometa y así evitar cualquier corriente de viento que me pudiera desviar.

Pero algo no se veía bien o eran mis ojos que no estaban enfocando bien. Apenas hice el cambio de manos a las barras laterales y tomar mi posición erguida para aterrizar noté que el terreno, ¡Estaba en subida!

... Continuará.

miércoles, 7 de abril de 2010

LAS FIESTAS DEL HACHA


Después de un hermoso día de entrenamiento en Agosto de 1989 con mis alumnos de vuelo en cometa (Alas Delta), Mario, que estaba en sus primeros vuelos se acerca y me dice, – Carlos, me llamaron de Pensilvania Caldas para que vayas a hacerles un show aéreo sobre el pueblo, ellos te pagan los gastos y el show, ¿Que dices? – – ¿Show aéreo? – Dije, – No creo que pueda hacerlo pues no conozco ese lugar y necesito tener un buen sitio de despegue y de aterrizaje. –, – Me dicen que hay buenas montañas alrededor. – Respondió él, – Además me dicen que te mandan un taxi especial que te transportará desde Bogotá hasta el pueblo. – Nada sonaba más tentador... así que acepté.

Algo dentro de mí iniciaba el rito de esa pequeña angustia que se siente cuando una nueva aventura empieza a tomar forma. Todo parecía conducirme a encontrarme con el reto de llevar a cabo un sueño que otros habían realizado pero que para mi era absolutamente nuevo.

Pensilvania es un hermoso pueblo incrustado en las montañas del departamento de Caldas, al sur del "imperio paisa" en el corazón de Colombia.

Según escuché se originó después de la colonia cuando un pequeño grupo de inmigrantes alemanes que huían de Europa buscaron asentarse en este territorio. Después de adentrarse en la selva y no poder subir más la montaña decidieron establecerse allí. Sus primeros colonos bautizaron este pueblo con el nombre del estado de Pennsylvania, fundado por el Quaker Penn, en los Estados Unidos, donde principalmente inmigraron también alemanes escapando a las persecuciones religiosas en el siglo XVI. Se me hizo muy interesante el parecido al origen de ambos pueblos.

En Colombia estos inmigrantes talaban los bosques y siguiendo sus tradiciones, en las fiestas hacían competencias al que cortara más leños o el tronco más grande. De aquí provienen las fiestas del hacha.

Parece que fueron los indígenas de la región quienes evitaron mezclarse con este enclave europeo y no al revés y todavía se puede ver entre sus pobladores y campesinos esos antiguos rasgos de ojos claros y cabellos rubios que hace un fuerte contraste con el mestizo que inmigró después.

Logré coordinar con la compañía ACES, donde trabajaba como copiloto, para tener ese fin de semana libre y organicé todo el equipo para el viaje.

Decidí ir con Cony, quien fue mi primera esposa y con mi alumno Mario quien tenía los contactos y sería mi ayuda técnica en este proyecto.

Me acuerdo y me sonrío porque le pedí prestado un paracaídas de reserva insistentemente a un capitán de la empresa que también era piloto de alas delta, pero él, insistentemente, se negó a prestármelo. Tomé la decisión de ir sin paracaídas pero esto implicaba un vuelo corto para evitar riesgos.

El pueblo estaba a día y medio de camino de Bogotá y por lo mismo iniciamos nuestro viaje el jueves en la noche para dormir el viernes en la noche y tratar de hacer los vuelos el sábado y el domingo.
Mientras viajábamos conversábamos agradablemente con el chofer y su hijo.

Escuchaban una emisora en la radio y supimos que acababan de asesinar al candidato presidencial Luis Carlos Galán.
El ya había declarado una guerra encarnizada contra los narcotraficantes. Me sentí ofendido en lo más profundo y aunque me embargaba la tristeza por la situación de terror que vivía el país sentía que de alguna forma con mi viaje estaba aportando un granito de paz en contraste con aquellos que solo encontraban la solución a sus problemas agrediendo y asesinando a los demás.

Al día siguiente a medida que nos adentrábamos en los inmensos valles de la cordillera central todavía dormitaba en el taxi y me despertó ese aroma a vegetación de la zona cafetera de aquellas montañas. Sentía que estaba viajando al interior de otro país. Era otro mundo.

Llegamos al pueblo y nos alojamos en una hermosa casona colonial. Aquella tarde nos subimos a la "chiva" que es un bus de pueblo con banda musical y aguardiente para los pasajeros y dimos una vuelta al pueblo disfrutando de los inicios de las fiestas.

Cony en la Chiva con el uniforme del Club Icaros.

Esa noche en el salón principal de la fiesta nos tenían una mesa reservada lo cual me hizo sentir como invitado especial. Todos me preguntaban si yo era el hombre cometa que iba a volar sobre el pueblo. A pesar de que me sentía como el gran artista del elenco el otro Carlos dentro de mi me decía, – Yo no se como va a hacer Charlie para mañana  ¡Si ni siquiera sabe de donde va a despegar! – Y esto me mantenía nervioso. Pero sabía que la única forma de saberlo sería subir a la montaña y estudiar el vuelo.

Esa noche una de las organizadoras del evento me presentó a una hermosa joven que siempre había soñado con aprender a volar de alguna forma. Tenía sus cabellos de un rubio brillante y ojos color miel. Otra descendiente de los alemanes originales de estas tierras pensé.

Me causó mucha curiosidad que una mujer de pueblo como ella le gustara tanto el vuelo. Hablamos muy poco y acordamos vernos después del vuelo. Esa misma noche contraté un par de muchachos locales para que me ayudaran a subir el equipo y la cometa.

... Continuará.

martes, 6 de abril de 2010

EL CAPITÁN “NIDO”



En una de las clases de aerodinámica en AEROCENTRO (1983) se incorporó un nuevo alumno llamado Manuel (para respetar su privacidad) y se veía bastante “boqui flojo” e irreverente. Era de origen paisa, alto, robusto e infundía algo de temor. La mayoría de las veces que abría la boca interrumpiendo al instructor para burlarse de algo o de alguien nos hacía reír a carcajadas. Pero a veces también molestaba a más de uno y le pedíamos que se callara.

A él le llamó la atención que yo era de los mejores estudiantes y pronto se acercó a mi para que le ayudara a entender las materias y para que estudiáramos. Yo era como una especie de “genio” para él, pues no hacía sino hablar bien de mi y me adulaba delante de otros.

Con el tiempo esto me empezó a fastidiar y trataba siempre de desfasar el tema para hablar de otra cosa. Me llamaba la atención que supiera mucho sobre los procesos de las aerolíneas y sobre todo de una en especial donde luego supe que su madre era copropietaria.

Pero él se rehusaba a tratar de entrar a ésa aerolínea pues su madre no quería que él fuera piloto. “Que ironias”, pensaba yo, él tenía tan cerca pero tan lejos el puesto en esa empresa. Parecía que su relación con su madre era muy turbulenta.

El amor por la aviación nos volvió buenos amigos con el tiempo.
Mientras que recibía mis primeras horas de vuelo tenía que inscribirme muy temprano para así poder lograr turno el día siguiente. Pero la burocracia de nuestro pueblo pronto me afectó directamente cuando supe que mi turno se lo habían cedido al hijo de un ex presidente del país que también tomaba clases en ésta escuela y por lo tanto debía quedarme callado. Me sentí pisoteado. Cuando le conté ésto a Manuel se indignó también y me dijo que él se estaba cansando ya de esta escuela y que se iba a pasar a otra.

Yo con curiosidad empecé a seguirlo en sus trámites y a preguntarle como podía yo hacerlo también. Era como si siguiera a mi hermano mayor en terrenos que no conocía. El hizo las cartas necesarias con la aeronáutica civil y pronto nos entrevistamos con el jefe de operaciones de la otra escuela llamada Aeroclub que era una de las tres que operaban en el aeropuerto de Guaymaral.

Recuerdo que solo hice veinticuatro horas de vuelo en total en Aerocentro y el jefe de ésta escuela pronto estaba preguntándome la razón de mi cambio, pues no querían perder alumnos. Pero sabía que el hecho de decirles la razón no iba a cambiar las cosas así que decidí hacer maletas e iniciar una nueva aventura.

Fue en la nueva escuela de Aeroclub donde otro “boquiflojo” le puso a Manuel el sobrenombre de “capitán nido”…pues decía que el sólo hablaba… "¡Pura paja y pura mierda!”, je,je..