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viernes, 9 de abril de 2010

LAS FIESTAS DEL HACHA (3a parte)


Continuación...

Apenas hice el cambio de manos a las barras laterales y tomar mi posición erguida para aterrizar noté que el terreno, ¡Estaba en subida! Enseguida aumenté aún más la velocidad y empecé a volar a ras de piso en subida, empujé fuerte la barra y para mi alivio coloqué mis dos pies muy suave sobre la fresca hierba.

 Alcé mis brazos y solté un grito de triunfo. Miré a mí alrededor y no veía a nadie. Solo me rodeaban grandes arbustos y una cerca de piedra de un rancho cercano. Supongo que pronto vendrá el taxi a recogerme.

De repente como en un cuento de hadas empezaron a salir niños de todos lados, más y más niños. Todos corrían hacia mí. Era esa competencia instintiva en el alma de los niños al que primero llegara a la cometa y la tocara.

Así que pasé un buen rato usando mi experiencia de profesor de primaria para evitar que dañaran la cometa. Les inventé el juego en el que se colgaban de la cinta simulando que volaban y así los puse en fila.

Vi a otro grupo de niños reunidos un poco más abajo y estaban lanzándole piedras a algún animal. Me causó curiosidad y me acerqué. Era una pequeña serpiente y le estaba lloviendo una metralla de piedras. Les pregunté, – ¿Pero chicos, porque quieren matarla? – Me miraron con cara de que se suponía que es lo normal matarla.

Pero mi instinto de protección hacia el animalito se me saltó. – Chicos, es una pequeña serpiente y no es venenosa, déjenla ir. – Se fueron alejando poco a poco al ver que este extraño hombre cometa en vez de alentarlos a matarla ¡La estaba protegiendo!

 Una vez volví a la cometa para seguir esperando a mi gente uno de los niños líder del grupo siguió lanzándole piedras y se le estaban uniendo los otros. Salí corriendo hacia ellos y les dije, – ¡Paren, paren! ¡No la maten! Ya les dije que no es venenosa. ¿Por que quieren hacerle daño? – El niño me respondió, – ¡Es una culebra y hay que matarla! –

Pensé que tenía toda la razón y era yo quien me estaba entrometiendo en sus costumbres. Vi a la serpiente con la boca abierta buscando defenderse y vi que las piedras no la habían herido debido a la espesa hierba. No aguanté verla así y la cogí con mi mano y una rama de un arbusto. Me sentía extraño al sentir su suave y fría piel.

Nunca se me hubiese pasado por la cabeza que después de un vuelo iba a salvar a una pequeña serpiente de morir! Todavía hoy trato de descifrar el extraño mensaje que el cosmos me enviaba ese día. La llevé al fondo de unos arbustos y la escondí de los niños.

Llegó mi equipo de “rescate”, subimos la cometa al carro y nos dirigimos a la plaza central para unirnos a la celebración.
Al llegar a la plaza estaban todos divirtiéndose con el Indio Rómulo que era un gran personaje cómico del folclor Colombiano.

Me invitaron a subir a la tribuna y de pronto el presentador me anunció y me pidió que pasara al frente para dar unas palabras al público. Me sentí como cuando niño al hacer una presentación delante de todo el colegio.

Pasé al frente y volví a sentir a esa fanaticada con quien me comunique cuando estaba sobre ellos. Tomé el micrófono y empecé con un fuerte saludo, – Hola mi gente de Pensilvania, ¿Les gustó el vuelo sobre la plaza? – Escuché solo gritos porque cada uno decía algo diferente.

Les hablé brevemente de lo hermoso que el pueblo se veía desde arriba y que estaba ya enamorado de estas bellas tierras y de su gente. Y finalicé de nuevo con un, – ¡Vivan las fiestas del hacha! – Y un – ¡Viva Colombia! – Y una vez más me respondieron, – ¡Que vivaaa! –

Enseguida me llamaron atrás del escenario porque el alcalde me quería ver. Me felicitó y me pagó lo prometido. Me dio las gracias por haber aceptado tan difícil proyecto. Me quedé un momento pensativo pues en un par de días de show aéreo en una cometa sin motor... ¡Gané más que en todo un mes volando en un gran turbohélice lleno de pasajeros! Así es la vida.!

Al siguiente día nos organizamos temprano pues debía hacer el segundo vuelo y después partir de regreso.Me acordé de la chica que quería aprender a volar. No la había visto la noche anterior entre tanta gente. Sentía como si ella era la única persona que en realidad había compartido conmigo ese sentimiento de vuelo. Como si solo ella sabía lo que yo sentía al estar allá arriba.

Pensé en invitarla a subir la montaña con nosotros. Me contacté con la organizadora y me dijo que le iba a hablar para que se uniera al grupo. Le dejé una nota con mi teléfono como lo hace un recién enamorado. Me rasqué la cabeza diciéndome, – Hey Carlos, ¡No tan aprisa que usted está casado! –

Subimos la montaña y afortunadamente el viento estaba enfrentado y fue más rápido el despegue. Aproveché para llegar lo más alto sobre la plaza posible. Esta vez no saludé con mi garganta sino con mis alas y maniobré para hacer un par de virajes semi acrobáticos. Al nivelarme pude ver que todavía tenía altura y se me ocurrió volar hasta el lado sur del pueblo donde había una pequeña plaza de toros.

Cuando llegué sobre esta plaza me di cuenta que estaban en pleno show de caballos de paso como parte de las fiestas. Pensé en no hacer nada especial sino solo pasar por un lado para no asustar a los animales. Inicié el viraje y saludé agitando mi brazo fuertemente. Para mi sorpresa empecé a ver cientos de destellos que salían de la tribuna y luego caí en cuenta que eran los flash de sus cámaras tomando fotos al hombre cometa.

Cuando volví a buscar el potrero de aterrizaje me asusté pues estaba más bajo de la cuenta para llegar. ¡Me distraje mucho en la plaza de toros! Me acosté lo más que pude, puse un brazo atrás de mi para reducir el rozamiento aerodinámico, hale la barra de control al punto de máximo planeo como comprando unos metros más de vuelo para no caer en los árboles.

Afortunadamente la cometa respondió y llegué directo al potrero no sin que me quedara mi pierna derecha temblando por el susto. Eso si de nuevo como hormiguitas aparecieron los niños a tocar la cometa y a hacer cola para que yo los montara en el vuelo imaginario sobre el pueblo. Creo que esto fue lo más divertido de todo el paseo. Fueron los niños el verdadero regalo que me dio Pensilvania en cada aterrizaje.

Llegamos a la plaza principal a despedirme de los organizadores y a pagarles su parte a quienes nos ayudaron a subir el equipo. Por fin apareció Olga Inés la chica que soñaba con volar. Le dije que hiciera lo posible por ir a Bogotá y que me llamara para que habláramos y compartiéramos nuestras experiencias con el vuelo.

Ella se mostró muy alegre de haberse contactado con nosotros y parecía que su timidez inicial desaparecía cuando le hablábamos de nuestro club de vuelo. Me acerqué a ella y se me escapó un piropo, – Que cabello tan brillante, te voy a llamar “Ricitos de oro” como en el cuento de niños. –
Ella se sonrió y luego con el beso de despedida pude sentir en su mejilla su suave piel. Con esto quedé más nervioso aún porque me había gustado ahora toda ella, en alma y cuerpo! Estaba emocionado pero decidí mantener ese amor platónico en secreto.

Tomamos nuestro camino de regreso y a mitad de camino me bajé para tomar un bus a la ciudad de Manizales, la capital de Caldas, donde al día siguiente debía presentarme para volar como copiloto en la empresa ACES.

Durante el camino solo pensaba en “Ricitos de oro”, en los niños y en la fabulosa aventura que había vivido.

Mantuvimos contacto por teléfono pero ella hablaba más con mi esposa que conmigo sobre las actividades del club de vuelo. Mi secreto seguía escondido.

Fue un año después cuando me divorcié de Cony y decidí emigrar del todo a Los Ángeles cuando hicimos contacto de nuevo. Con cartas y llamadas encendimos la llama del amor a partir del sentimiento mutuo sobre la poesía del vuelo. Dos años después decidí ir a Pensilvania a verla. Nos reencontramos, nos abrazamos, nos tomamos de la mano y con un beso comenzamos una bella historia de amor.

Dedicada a ti Olga Inés, mi “Ricitos de oro” y a todos los niños de Pensilvania.


jueves, 8 de abril de 2010

LAS FIESTAS DEL HACHA (2a parte)


Continuación...

El sábado en la mañana inicié el proceso de calmar las palpitaciones extras que me producía la ansiedad del gran proyecto, – ¿Volar sobre el pueblo? – Me decía, – No se si pueda hacerlo. – Nos reunimos todos y empezamos la larga caminata y escalada de la montaña que dominaba el paisaje principal de Pensilvania. A medida que subíamos se veía el pueblo más pequeño y yo veía más grande la posibilidad del vuelo.

Una vez estábamos lo suficientemente altos busqué el mejor sitio de despegue y así les señalé a todos donde detenernos para descansar. De solo ver el pueblo allá abajo me hacía sentir unas ganas intensas de volar.

Decidí traer la cometa de aprendizaje que al ser lenta y estable me daría más flexibilidad para este vuelo. Era "la tricolor" con los colores de la bandera de Colombia lo que engalanaba el sentimiento patriota de las gentes de estas tierras.

Estudié con detenimiento el área alrededor del pueblo buscando posibles cables de energía que pudieran cruzar la aproximación a cada posible potrero de aterrizaje. Por fin elegí el mejor sitio y mandé el mensaje para que me recogieran allá.

Armé la cometa y cuando todo parecía estar listo el viento no estaba colaborando pues estaba muy cruzado de la izquierda para hacer un despegue seguro. Decidí esperar y mandé un mensaje por el radio a los organizadores de que tal vez me demoraba más de una hora en espera de mejores condiciones. Me respondieron que tratara de despegar lo antes posible pues casi todo el pueblo estaba ya en la plaza principal.

Me sentí como el cantante que se hace de rogar y no sale a cantar. – Pero, ¿Porque todos salieron tan temprano? – Pregunté por el radio y me respondieron– Lo que ocurre es que quitaron las luz en todo el pueblo para protegerlo en caso de que caiga en los cables de energía. Y al estar sin luz pues no pueden ver televisión y no les queda más que salir a la plaza a ver al hombre pájaro hacer el show! – ¡No podía creerlo! Era el folclor del pueblo y su forma de pensar y pensándolo bien ¡Tenían razón!

Después de unas dos largas horas de espera el viento disminuyó y encontré la mejor oportunidad para despegar. Les avisé a todos que estaba listo. Me concentré y clavé mis ojos en la pequeña cinta de lana que estaba atada debajo de la nariz de la cometa. Esta me indicaba exactamente la dirección del viento.

En mis hombros podía sentir el más mínimo movimiento de mis alas. Sabía que tenía un despegue con casi cero viento y debía tener cuidado. Algo dentro de mí dijo, – ¡Ahora! – Inicié una fuerte carrera hacia abajo. Empujé la barra y mis pies quedaron libres del elemento sólido.

Me envolvió enseguida el familiar sonido del aire diciéndome que podía proceder a tomar la barra transversal y volar en posición horizontal. Enseguida miré hacia el sitio de aterrizaje y calculé que tenía altura de sobra para volar sobre el pueblo antes de buscar el aterrizaje.
Me dirigí tranquilo hacia el pueblo mientras disfrutaba de la mejor vista de estas montañas.



Acercándome con la cometa tricolor a la plaza principal de Pensilvania.

Una vez llegué no podía distinguir bien que era lo que veía dentro de la plaza principal. Empecé a dar un pequeño círculo y para mi sorpresa me di cuenta que ¡Eran cientos de caras mirando hacia arriba!

Sentí una emoción enorme y recordé que la vela de la cometa hace efecto de alta voz y con todo lo que mi garganta daba grité, – ¡Que vivan las fiestas del hacha! – Y casi de inmediato como la fanaticada de un estadio respondieron, – ¡Que vivaan! – No podía creerlo, ¡Me escucharon! Esto me encendió aún más y volví a gritar, – ¡Que viva Colombia! – Y la multitud me regresó un fuerte, – ¡Que vivaaaa! – El corazón se me salía del pecho de la emoción. Que experiencia tan hermosa!

Di varios círculos un poco más inclinados a modo de darles un poco de show aéreo. Apenas tenía la altura adecuada me enfoqué en los postes de teléfono y energía que estaban cerca del área de aterrizaje para mantenerlos “controlados”.

Localicé el pequeño potrero y me esmeré al máximo para no hacer virajes de más ni de menos. Lo enfrenté con la altura precisa y aumenté fuertemente la velocidad bajando la nariz de la cometa y así evitar cualquier corriente de viento que me pudiera desviar.

Pero algo no se veía bien o eran mis ojos que no estaban enfocando bien. Apenas hice el cambio de manos a las barras laterales y tomar mi posición erguida para aterrizar noté que el terreno, ¡Estaba en subida!

... Continuará.

miércoles, 7 de abril de 2010

LAS FIESTAS DEL HACHA


Después de un hermoso día de entrenamiento en Agosto de 1989 con mis alumnos de vuelo en cometa (Alas Delta), Mario, que estaba en sus primeros vuelos se acerca y me dice, – Carlos, me llamaron de Pensilvania Caldas para que vayas a hacerles un show aéreo sobre el pueblo, ellos te pagan los gastos y el show, ¿Que dices? – – ¿Show aéreo? – Dije, – No creo que pueda hacerlo pues no conozco ese lugar y necesito tener un buen sitio de despegue y de aterrizaje. –, – Me dicen que hay buenas montañas alrededor. – Respondió él, – Además me dicen que te mandan un taxi especial que te transportará desde Bogotá hasta el pueblo. – Nada sonaba más tentador... así que acepté.

Algo dentro de mí iniciaba el rito de esa pequeña angustia que se siente cuando una nueva aventura empieza a tomar forma. Todo parecía conducirme a encontrarme con el reto de llevar a cabo un sueño que otros habían realizado pero que para mi era absolutamente nuevo.

Pensilvania es un hermoso pueblo incrustado en las montañas del departamento de Caldas, al sur del "imperio paisa" en el corazón de Colombia.

Según escuché se originó después de la colonia cuando un pequeño grupo de inmigrantes alemanes que huían de Europa buscaron asentarse en este territorio. Después de adentrarse en la selva y no poder subir más la montaña decidieron establecerse allí. Sus primeros colonos bautizaron este pueblo con el nombre del estado de Pennsylvania, fundado por el Quaker Penn, en los Estados Unidos, donde principalmente inmigraron también alemanes escapando a las persecuciones religiosas en el siglo XVI. Se me hizo muy interesante el parecido al origen de ambos pueblos.

En Colombia estos inmigrantes talaban los bosques y siguiendo sus tradiciones, en las fiestas hacían competencias al que cortara más leños o el tronco más grande. De aquí provienen las fiestas del hacha.

Parece que fueron los indígenas de la región quienes evitaron mezclarse con este enclave europeo y no al revés y todavía se puede ver entre sus pobladores y campesinos esos antiguos rasgos de ojos claros y cabellos rubios que hace un fuerte contraste con el mestizo que inmigró después.

Logré coordinar con la compañía ACES, donde trabajaba como copiloto, para tener ese fin de semana libre y organicé todo el equipo para el viaje.

Decidí ir con Cony, quien fue mi primera esposa y con mi alumno Mario quien tenía los contactos y sería mi ayuda técnica en este proyecto.

Me acuerdo y me sonrío porque le pedí prestado un paracaídas de reserva insistentemente a un capitán de la empresa que también era piloto de alas delta, pero él, insistentemente, se negó a prestármelo. Tomé la decisión de ir sin paracaídas pero esto implicaba un vuelo corto para evitar riesgos.

El pueblo estaba a día y medio de camino de Bogotá y por lo mismo iniciamos nuestro viaje el jueves en la noche para dormir el viernes en la noche y tratar de hacer los vuelos el sábado y el domingo.
Mientras viajábamos conversábamos agradablemente con el chofer y su hijo.

Escuchaban una emisora en la radio y supimos que acababan de asesinar al candidato presidencial Luis Carlos Galán.
El ya había declarado una guerra encarnizada contra los narcotraficantes. Me sentí ofendido en lo más profundo y aunque me embargaba la tristeza por la situación de terror que vivía el país sentía que de alguna forma con mi viaje estaba aportando un granito de paz en contraste con aquellos que solo encontraban la solución a sus problemas agrediendo y asesinando a los demás.

Al día siguiente a medida que nos adentrábamos en los inmensos valles de la cordillera central todavía dormitaba en el taxi y me despertó ese aroma a vegetación de la zona cafetera de aquellas montañas. Sentía que estaba viajando al interior de otro país. Era otro mundo.

Llegamos al pueblo y nos alojamos en una hermosa casona colonial. Aquella tarde nos subimos a la "chiva" que es un bus de pueblo con banda musical y aguardiente para los pasajeros y dimos una vuelta al pueblo disfrutando de los inicios de las fiestas.

Cony en la Chiva con el uniforme del Club Icaros.

Esa noche en el salón principal de la fiesta nos tenían una mesa reservada lo cual me hizo sentir como invitado especial. Todos me preguntaban si yo era el hombre cometa que iba a volar sobre el pueblo. A pesar de que me sentía como el gran artista del elenco el otro Carlos dentro de mi me decía, – Yo no se como va a hacer Charlie para mañana  ¡Si ni siquiera sabe de donde va a despegar! – Y esto me mantenía nervioso. Pero sabía que la única forma de saberlo sería subir a la montaña y estudiar el vuelo.

Esa noche una de las organizadoras del evento me presentó a una hermosa joven que siempre había soñado con aprender a volar de alguna forma. Tenía sus cabellos de un rubio brillante y ojos color miel. Otra descendiente de los alemanes originales de estas tierras pensé.

Me causó mucha curiosidad que una mujer de pueblo como ella le gustara tanto el vuelo. Hablamos muy poco y acordamos vernos después del vuelo. Esa misma noche contraté un par de muchachos locales para que me ayudaran a subir el equipo y la cometa.

... Continuará.

martes, 6 de abril de 2010

EL CAPITÁN “NIDO”



En una de las clases de aerodinámica en AEROCENTRO (1983) se incorporó un nuevo alumno llamado Manuel (para respetar su privacidad) y se veía bastante “boqui flojo” e irreverente. Era de origen paisa, alto, robusto e infundía algo de temor. La mayoría de las veces que abría la boca interrumpiendo al instructor para burlarse de algo o de alguien nos hacía reír a carcajadas. Pero a veces también molestaba a más de uno y le pedíamos que se callara.

A él le llamó la atención que yo era de los mejores estudiantes y pronto se acercó a mi para que le ayudara a entender las materias y para que estudiáramos. Yo era como una especie de “genio” para él, pues no hacía sino hablar bien de mi y me adulaba delante de otros.

Con el tiempo esto me empezó a fastidiar y trataba siempre de desfasar el tema para hablar de otra cosa. Me llamaba la atención que supiera mucho sobre los procesos de las aerolíneas y sobre todo de una en especial donde luego supe que su madre era copropietaria.

Pero él se rehusaba a tratar de entrar a ésa aerolínea pues su madre no quería que él fuera piloto. “Que ironias”, pensaba yo, él tenía tan cerca pero tan lejos el puesto en esa empresa. Parecía que su relación con su madre era muy turbulenta.

El amor por la aviación nos volvió buenos amigos con el tiempo.
Mientras que recibía mis primeras horas de vuelo tenía que inscribirme muy temprano para así poder lograr turno el día siguiente. Pero la burocracia de nuestro pueblo pronto me afectó directamente cuando supe que mi turno se lo habían cedido al hijo de un ex presidente del país que también tomaba clases en ésta escuela y por lo tanto debía quedarme callado. Me sentí pisoteado. Cuando le conté ésto a Manuel se indignó también y me dijo que él se estaba cansando ya de esta escuela y que se iba a pasar a otra.

Yo con curiosidad empecé a seguirlo en sus trámites y a preguntarle como podía yo hacerlo también. Era como si siguiera a mi hermano mayor en terrenos que no conocía. El hizo las cartas necesarias con la aeronáutica civil y pronto nos entrevistamos con el jefe de operaciones de la otra escuela llamada Aeroclub que era una de las tres que operaban en el aeropuerto de Guaymaral.

Recuerdo que solo hice veinticuatro horas de vuelo en total en Aerocentro y el jefe de ésta escuela pronto estaba preguntándome la razón de mi cambio, pues no querían perder alumnos. Pero sabía que el hecho de decirles la razón no iba a cambiar las cosas así que decidí hacer maletas e iniciar una nueva aventura.

Fue en la nueva escuela de Aeroclub donde otro “boquiflojo” le puso a Manuel el sobrenombre de “capitán nido”…pues decía que el sólo hablaba… "¡Pura paja y pura mierda!”, je,je..

lunes, 5 de abril de 2010

FLOTANDO EN PARAPENTE (2a parte)


Continuación...

Dos pilotos nos ayudaron sosteniendo nuestras correas para estabilizarnos. – Carlos ¡Corra, corra! – Me gritó Edgar y con un agresivo impulso corrí hacia el valle. Pensé que no teníamos suficiente velocidad para despegar y que íbamos a caer en los arbustos pero para mi asombro quedaron mis pies colgando y nos elevamos venciendo la gravedad.

Edgar dejó una correa suelta y despegué en posición vertical…
normal para mi… ¡Pero no para el piloto! Ya durante el vuelo
 ajustó el arnés para yo volar de forma sentada.


Que sensación tan extraña. Todo era lento. Al comparar con el vuelo en el ala delta esto no era volar sino flotar. Fue un despegue mágico!

Dimos varios virajes sobre el área de despegue remontándonos en las alturas alimentados por el viento ascendente. Aproveché varias veces para tomar algunas fotos que luego supe nunca salieron pues se había agotado la batería.

Me impresionaba no sentir el aire en mi cara en ráfagas sino como un viento suave. Exploramos varias partes de la ladera de estas montañas buscando ascendentes y logramos más altura aún. Pudimos volar sobre otros parapentes y esto me daba más perspectiva de altura. Me sentía en mitad de un documental tridimensional de aviación deportiva.

Algo emocionante era poder estar hablando con Edgar sobre el vuelo o algunas otras cosas mientras volábamos. Aproveché el momento en que pasábamos de una ladera a otra y al sentir la enorme altura con respecto al fondo del abismo extendí mis brazos y mis piernas simulando una posición de vuelo natural y sentí algo que nunca olvidaré… ¡La sensación de estar en una eterna y lenta caída libre! Algo parecido a volar y flotar al mismo tiempo. Creo que acababa de enamorarme aún más de este deporte.

Le dije a Edgar, – ¡Waooo, me siento volando de verdad! – Y Edgar me dijo, – Si, varias veces he sentido lo mismo. – Reflexionando en aquel momento pienso que muchas veces mientras volamos, en realidad no nos sentimos volando, pues tal vez no convocamos verdaderamente esa sensación. A veces estamos tan ocupados volando que ¡Nos olvidamos de sentir el vuelo!

De pronto Edgar me dice, – Prepárese Carlos que vamos a aterrizar en el sitio de despegue. – Siempre había querido hacer esto en cometa pero era muy difícil, ahora por fin lo podía hacer en el parapente. Esto nos daba la ventaja de poder despegar otra vez sin tener que subir la montaña de nuevo.

Hizo varias pasadas y cuando sintió que era el momento colapsó momentáneamente los dos extremos de la vela, lo que llaman ponerle "orejas" y esto disminuyó la sustentación para bajar. Me puse un poco nervioso pues obviamente no era yo quien estaba al mando. Entró en una aproximación lateral como un cangrejo y aterrizamos de rodillas en el área de despegue. Solté mi acostumbrado grito de triunfo pues me gocé cada milímetro del aterrizaje.

Más tarde nos alistamos para despegar otra vez aprovechando que había buen viento todavía. Le pedimos a un amigo de Edgar que nos tomara unas fotos pues no estaba seguro de haber logrado las mías. Menos mal o no habría tenido estas valiosas fotos como recuerdo de mi aventura.

Despegamos y empezamos a buscar mantenernos en la ascendente. Logramos subir un poco y volar sobre otro parapente. Me sorprendí de ver cerca de nosotros un cometista. Supe luego que era nuestro viejo amigo Benji de aquellas épocas. ¡Todavía estaba volando!

 Seguimos indagando en búsqueda de nuestro aliado viento ascendente para elevarnos más pero no encontrábamos casi. Después vimos que Benji estaba volando por debajo de nuestro nivel y eso nos asustó un poco pues significaba que las condiciones estaban bajando.

Por radio Edgar les preguntaba a los otros si sabían de un mejor lugar para encontrar mejor ascendente. Pero todos parecían tener el mismo problema. Para mi delicia rozamos la punta de varios pequeños pinos buscando mantenernos pero creo que para disgusto de Edgar.

Le propuse a Edgar que fuéramos un poco más al norte donde se veía una ladera más enfrentada al viento y Edgar accedió, pero parece que la idea no dio resultado y ya se estaba poniendo molesto conmigo.

Poco a poco perdíamos altura. Edgar hizo varias pasadas rozando con los pies las copas de varios árboles pero no conseguíamos nada. Decidió finalmente tomar rumbo hacia el valle y me dijo, –Madrigal, nos tocó ir a aterrizar al humilladero. – El humilladero era el sitio de aterrizaje de aquellos que se sentían "humillados" por no haber podido aterrizar arriba en el sitio de despegue. Me causó mucha gracia pero no lo fue así para Edgar. Creo que se sentía humillado, je,je,je.

Nos fuimos acercando poco a poco a la zona de aterrizaje pero de repente perdimos más altura de la calculada y nos dimos cuenta que íbamos a pasar muy cerca de unos cables eléctricos que bordeaban el potrero. Viendo el ángulo ambos acordamos que no alcanzábamos a pasar sobre los cables y que era mejor aterrizar antes. Rápidamente cambió de rumbo para empezar una base antes de tiempo y luego la final. Frenó con fuerza y logramos aterrizar de pie en el potrero anterior.

Estábamos bien pero en terreno "enemigo" pues enseguida salió un campesino a reclamar el valor de una multa establecida al haber aterrizado en su propiedad. Aunque Edgar le discutió un buen tiempo finalmente accedió a pagarla. Me sentía mal por Edgar pero logré calmarlo después de contagiarlo un poco con mi alegría al estar viviendo tremenda aventura y que habíamos salido airosos después de nuestra emergencia.

Nos dimos cuenta que no éramos los únicos "humillados" pues otro piloto tampoco pudo sostenerse, tuvo que aterrizar en otro potrero y también tuvo problemas con los campesinos.

Después de varias llamadas de "auxilio" logramos persuadir a otro piloto que bajara por nosotros y por el otro piloto también. Una vez arriba todos querían comentar sus versiones de su aventura por mantenerse. Llegó la noche y una vez más se abrió la botella de aguardiente para iniciar el ambiente de fiesta. Me sentía en medio de un hermoso sueño que había tenido unos quince años atrás y se hacía realidad aquel día.

De regreso a casa comentábamos y hasta discutíamos los detalles del día como lo hacíamos hace unos treinta años atrás cuando volábamos nuestros primeros aeromodelos.

Pienso que aquel día me acerqué una vez más a esa anhelada sensación de verdadero vuelo. Fueron dos vuelos, en vuelo doble, con doble aventura… flotando en parapente.


Con Edgar en una de las pasadas sobre el sitio de despegue.



Otro parapentista con el embalse de Tominé y el pueblo de Guatavita al fondo.

viernes, 2 de abril de 2010

FLOTANDO EN PARAPENTE


Veníamos programando nuestro vuelo en parapente con Edgar Hazbón por lo menos unos cuatro meses antes de mi tan deseada visita a Colombia. En mi empresa, donde trabajaba de auxiliar de vuelo, logré separar mis vacaciones para que coincidieran con la semana santa de Colombia en el 2004. Al fin logré un descuento en un tiquete aéreo y con escala en Panamá aterricé en mi adorada tierrita.

Me alojé en la casa de Edgar en Chía y como viejas chismosas empezamos a recordar cuanta historia de nuestras antiguas aventuras se nos venía a la cabeza. A veces uno no dejaba acabar al otro para empezar otra historia.

Al día siguiente subimos el parapente especial para llevar pasajero, con todo el equipo al campero de Edgar; y emprendimos el viaje hasta el sitio de vuelo. Estaba feliz de poder estar otra vez rodeado de todas estas montañas que me habían acompañado años atrás en tantas aventuras.

Nos dirigíamos al lado oeste del valle que aloja la hermosa laguna de Tominé al sureste de Bogotá. Subíamos la montaña por camino destapado y bastante empinado. Yo daba gritos de vaquero montado en potro salvaje cada vez que el campero se deslizaba y patinaba sobre las piedras.

Cuando llegamos bajé del campero y sin esperar me dirigí al área de despegue. Pude reconocer el antiguo sitio de entrenamiento que usábamos en nuestro club de cometas. El paisaje era espléndido con una vista paradisíaca de la laguna.

Edgar me mostró el otro sitio de despegue para los cometistas que se encontraba un poco hacia el sur. A veces Edgar iba hasta allá para burlarse de sus antiguos alumnos de cometa por estar volando artefactos de tecnología antigua que él llama "fósiles" y los persuadía a "evolucionar" con los nuevos planeadores como el parapente. Pienso que Edgar al igual que yo sigue con una tuerca floja en la cabeza.

En este sitio el club de parapentistas construyó un pequeño restaurante con un ventanal enorme para poder ver desde adentro el hermoso paisaje y a los volovelistas flotando alrededor. Me sentía en medio de un sueño.

El día no parecía bueno para volar pues estaba un poco lluvioso y sin viento. Pudimos ver como uno de los pilotos intentó desesperadamente despegar pero solo logró caer dentro de los arbustos. Varios nos quedamos hasta avanzada la noche tomándonos unos aguardientes, bailando, haciéndonos bromas y disfrutando el espectáculo de una enorme luna llena que inundó el valle de un mágico azul plomizo. Hacía tiempo no me divertía tanto.

Volvimos al día siguiente y afortunadamente las condiciones habían mejorado. Pude ver con sorpresa a varios parapentes ya haciendo sus pasadas sobre el sitio de despegue. Me fascinaba ver sus estilizadas siluetas deslizándose a través del paisaje.

Edgar preparó el equipo y extendimos la enorme vela sobre el pasto en preparación para nuestro despegue.

Atrás de mi Edgar haciendo los ajustes a mi arnés
 para el vuelo “dobles”. Atrás nuestro,
 su imponente y bello parapente azul.
El viento estaba perfecto y me sentía extraño que quien fue una vez mi alumno de vuelo en cometa, ahora estaba llevándome en su barriga como pasajero. Ahora era yo quien confiaba en su experiencia.

Halamos la inmensa vela de azul intenso y esta se levantó sobre nosotros pidiendo ser volada...

... Continurá.

jueves, 1 de abril de 2010

JUGANDO CON LOS FLAPS


Año 1983. A medida que iba cogiendo experiencia iba logrando más confianza con el vuelo de este avión Piper “Cherokee”. Es el nombre de la tribu de un indio guerrero pero que por muy guerrero que fuera no estaba diseñado para ciertos errores.

Un día estaba haciendo mis prácticas de vuelo “solo”, haciendo despegues y aterrizajes. Me sentía feliz de no tener un instructor al lado y esto me cambió el nivel de confianza al de investigador temerario.

La práctica que me designó el instructor consistía en despegar, hacer un sobrevuelo en forma rectangular para así volver a aterrizar en la misma pista, recoger los flaps, acelerar y volver a despegar.

Siempre antes de aterrizar debía bajar los flaps un punto o sea bajar las aletas de las alas un poco para así volar más lento en el aterrizaje. Para hacer esto debía levantar una palanca a mi lado derecho al estilo de freno de parqueo de un automóvil. Pero solo debía hacerlo con un punto o sea levantarla hasta que sonara un solo “clack”.

Pensé que esto ya se estaba poniendo aburrido y pensé que seria más divertido flotar un poco más en la pista si le aumentaba los flaps a dos puntos o porque no… a tres que era el máximo.

Todos mis ángeles recibieron la voz de alarma y tomaron sus lugares. Pensé erróneamente que seria un poco más seguro si aumentaba ligeramente mi velocidad para así hacer mi experimento. Me acerqué a la pista, puse un punto, puse dos y el avión quiso elevarse por el exceso de sustentación que le estaba dando y aterrice un poco más adelante para así volver a acelerar, subí los flaps y volví a despegar.

Piper Cherokee aterrizando.



En esta foto se ve la pista 28 del aeropuerto de Guaymaral
 aterrizando en dirección oeste. A la izquierda en la base
de la montaña esta el pueblo de Cota. Las escuelas e instalaciones
 están a la derecha de la pista. Antes de la pista a la derecha
 están los hangares y la escuela de Aeroclub. ¡Que lindo recuerdo!


Esta foto es entrando en sentido contrario por la pista 10 hacia el oriente.
 Las primeras instalaciones que se ven a la izquierda de la pista
 son las de la escuela Aerocentro. ¡El verde de la sabana es inolvidable!

Envalentonado con la sensación de la nueva experiencia di mi vuelta, volví a la pista pero esta vez le puse tres puntos o sea el máximo de flaps. Reduje todo el acelerador y empecé a tratar de que esta gran ave se posara en la pista pero flotaba y flotaba sin que sus garras de goma tocaran la madre pista.

Se rehusaba a aterrizar y a medida que perdía velocidad tenía que levantar la nariz para evitar que cayera muy brusco pero al hacer esto perdí eventualmente la vista hacia delante. Devoraba metro a metro la pista y nada que venia ese familiar chillido de las gomas al rozar el pavimento.

Me empecé a quedar sin aire en mis alas y en mis pulmones. Sabía que a partir de este momento estaba perdiendo la percepción de si seguía sobre la pista o me había salido ya a un lado sobre el césped por el viento lateral.

Si tocaba el césped el tren de aterrizaje se podía enredar y perdería de inmediato el control seguido tal vez de un aparatoso y posible mortal accidente. Sentí que se me helaba la espalda y mi angelito guardián tomó mi mano derecha y me dijo, “¡No te quedes esperando algo que tal vez no sabes si vas a lograr, no seas terco, reacciona, acelera y vamos al aire otra vez!

Enseguida hundí el acelerador al máximo mientras trataba de no subir ni bajar la nariz demasiado para no caer y pegarle a lo desconocido debajo de mí.
Debido a que tenía el máximo de flaps el avión se demoraba mucho en ir tomando altura y mientras tanto mis otros ángeles se encargaban de que no le pegara a ningún objeto extraño pues ya no estaba volando sobre la pista sino a un lado de ella.

Una vez tomé algo de altura gracias a la potencia del motor fui subiendo poco apoco los flaps mientras que sentía que el corazón se me salía del pecho. Terminé la sesión y volví a la rampa de la escuela. Bajé del avión y podía sentir mi mano y rodilla derecha temblando.

Gracias Dios mio...  por dejarme continuar!