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jueves, 13 de mayo de 2010

VOLANDO SOBRE ARMERO


En una preciosa mañana de Noviembre de 1985 volaba solo en un avión Cessna 152 de la escuela Aeroclub de Colombia, en uno de mis cruceros desde Bogotá hacia Cali, al sur de Colombia.

Me encontraba sobre el río Magdalena volando entre Mariquita e Ibagué con las dos cordilleras a los lados. Al frente mío podía ver un hermoso tapete verde de sembrados de algodón y arroz con el río en el medio como una inmensa culebra dorada.

De pronto vi al fondo a la derecha algo así como un efecto óptico que no podía entender. Era una mancha anaranjada al lado derecho entre el río y la cordillera. Parecía como si alguien hubiese tirado un gigantesco cargamento de lodo sobre el delicado terciopelo verde de una mesa de billar.

A medida que me acercaba podía ver lo que parecía eran residuos al borde externo de la inmensa mancha. Cuando estaba a solo unos kilómetros pude ver la magnitud de esta mancha. Era la marca de una gran avalancha que venía desde la cordillera y se esparció por un área enorme.

Enseguida abrí los ojos y sentí una opresión en el corazón al recordar que se trataba de Armero o más exactamente donde estuvo este pueblo.

Armero fue una de los pueblos de Colombia que al igual que Pompeya pasó a la historia como una de las grandes tragedias de la humanidad. Quedó sepultada bajo un espeso lodo por el deshielo causado por la erupción de uno de los grandes volcanes nevados de nuestro país.

Gran parte de la masa de hielo de un costado del nevado se derritió y formó una inmensa avalancha de hielo, lodo y rocas. A pesar de repetidas advertencias la mayoría del pueblo prefirió permanecer en sus casas. La avalancha arrasó con el noventa por ciento del pueblo y murieron aproximadamente unas treinta mil personas en cuestión de minutos.

Mi mórbida curiosidad hizo que cayera en la tentación de virar, descender y volver a pasar justo por encima de este gran cementerio. Cuando bajé me di cuenta de lo inmensa que había sido esta tragedia.

Burlando mi propia seguridad y queriendo ver todo más de cerca, ajusté mi cinturón y abrí la puerta para poder así ver debajo del avión con más detalle los escombros.
Fue difícil abrir la puerta por la presión del viento pero logré abrirla casi a la mitad.

Unos tres segundos después, sobrevolando la mitad del campo, el avión se sacudió violentamente al impactar la corriente de aire ascendente de una térmica creada por el calor que desprende un área desértica como esta.

En fracciones de segundo el ala izquierda bajó unos sesenta grados y yo quedé prácticamente colgado de mi cinturón mirando verticalmente hacia la tierra.

Entré en pánico, mi visión entró en un túnel y pude ver la textura del lodo seco y varios escombros desde casi dos mil pies de altura. Pegué un grito de terror y agarrándome de la cabrilla y de la puerta regresé a la cabina y rápidamente nivelé el avión que se encontraba ya entrando en un fuerte viraje.

Si no hubiese tenido el cinturón puesto de seguro habría salido disparado del avión por la fuerza centrífuga y después de una caída libre sin paracaídas hubiera ido directamente a unirme con todos los muertos de este pueblo.

Pienso que miles de espíritus todavía vagando por estas tierras extendieron sus brazos hacia el cielo y empujaron el avión para darme una lección al ver como irrespetaba este sitio sagrado con mi curiosidad.

El corazón se me quería salir del pecho del susto. Cerré la puerta, la aseguré, puse toda la potencia y tomé altura para escapar de este cementerio que parecía vengarse de mí.

Continué mi vuelo hacia Ibagué tratando de calmarme y pensando como las cosas se pueden agravar con el menor descuido.

Durante el resto del monótono vuelo estuve reflexionando sobre la tragedia que tantas personas vivieron en este pueblo y como de una extraña forma pude sentirlos.


Vista aérea de Armero despues de la avalancha.

miércoles, 12 de mayo de 2010

REENCUENTRO EN BOGOTA (3a parte)


Continuación...

Al siguiente día nos encontramos de nuevo en Chía con Edgar pero esta vez no llevábamos los planeadores. El día iba a estar dedicado al vuelo en parapente. Edgar me dijo que si yo quería volar pero le dije que me gustaría cederle el primer vuelo a mi hijo Pipe y que si había tiempo luego volaba yo. Presentía que el tiempo apenas nos iba a alcanzar para el vuelo de Pipe.
Nos reencontramos con Christian y aprovechamos para tomarnos unas fotos.


Christian Correa con su Zaggi a la izquierda listo para disfrutar de las fuertes ascendentes de este día.



Después de observar por un rato el vuelo de Christian, Pipe fue al parqueadero
 y le ayudó a Edgar a bajar del campero el parapente preparándose para su aventura de vuelo.

Estuvimos por un rato observando la fuerte actividad de vuelo. Unos aterrizaban mientras otros estaban ya despegando. Parecía que no había espacio entre pilotos, parapentes y observadores. Era una completa fiesta aérea. Edgar extendió en el pasto el inmenso parapente “dobles”. Enseguida me acordé de mi vuelo con Edgar cuatro años atrás y estaba feliz de que era ahora mi hijo quien iba a tener su primer vuelo. Quien iba a pensar que un antiguo alumno mío años más adelante iba a llevar como pasajero a un hijo mío… ¡como pasa el tiempo!


Listos para despegar.
Edgar con ayuda de su amigo infló la vela y ambos empezaron a forcejear para estabilizar encima de ellos la inmensa vela que quería ya volar. Yo tomé las correas de Pipe y los sujeté hasta que Edgar dio la orden. – ¡Corra, Pipe, corra…más…más! – Yo corriendo en reverso halaba fuertemente de las correas de Pipe hasta que lograron el momentum adecuado, los solté, Pipe con las puntas de los pies trató de correr un poco más pero el parapente ya los estaba elevando.

Me sentí como mandando a mi hijo a otra dimensión. Sentía completa confianza con Edgar por su experiencia. No había duda alguna de que Pipe iba a estar en buenas manos. Rozaron algunos matorrales y algunos espectadores se asustaron pensando en que tal vez no iba a resultar el despegue pero mi intuición me decía que ya estaba garantizada... y así fue, lentamente se elevaron hasta que entraron en la siguiente zona ascendente y empezaron a subir más y más rápido. ¡Maravilloso!

Edgar con Pipe a la izquierda arriba tomando altura.
Pipe en otro capítulo de este libro escribió su historia de este, su primer vuelo deportivo en un parapente.
Volaron por más de una hora aprovechando las buenas condiciones. En una ocasión se “ennubaron” y alcanzaron a estar varias veces dentro de las nubes que formaban un gran estrato que casi no dejaba entrar el sol.

Como tenían bastante altura Edgar decidió ir a aterrizar al “campo escuela”que se encuentra más adelante abajo en la zona llana que rodea la laguna. Este es el área que utilizan los alumnos para hacer sus primeros ejercicios de vuelo y tiene un área extensa para aterrizar. Edgar le avisó por radio a nuestro amigo que se disponía a aterrizar y ambos bajamos en el campero para recogerlos.
En el campo de aterrizaje. Pipe estaba con frio y un poco mareado por tan largo vuelo.



Justo al lado de la zona de aterrizaje había un ranchito donde
pudimos disfrutar de un auténtico almuerzo campesino.
Después de almorzar empacamos el equipo y subimos al área de despegue. Compartimos un rato con otros pilotos y cuando ya empezaba a oscurecer nos despedimos y bajamos en el campero rumbo a Chía.



Llegamos a Chía y pronto tomamos un bus para Suba hacia la casa de Pipe. Por el camino me decía, – Carlos, todavía siento como que todo se mueve… que extraño… es como si todavía siguiera volando. – Para ser su primera vez fue un vuelo largo y todavía en su oído interno se le confundían las sensaciones. Estaba feliz y eso me hacia aun más feliz. Llegamos a su casa y Ángela con cara de asustada le pregunto como le había ido.

Todo el día había estado nerviosa por el vuelo de su hijo. Pipe le contaba una y otra vez su aventura. Esa noche hablamos de muchas cosas mientras entrábamos a volar en el país de los sueños.
Al día siguiente llegó el momento de continuar mi camino hacia Cali. Pipe me acompañó hasta el apartamento de mi madre en la circunvalar de Chapinero. Yo llevaba mi maleta y Pipe me ayudó con mi planeador. Llegamos arriba al apartamento jadeando con la boca abierta tratando de recuperar el aire. Nos encontramos con Luz Dary y con mi hermano Felipe que ocasionalmente pasaba por Bogotá.




Recuerdo que desde el apartamento nos pusimos con mis binoculares a ver a los aviones que llegaban y salían desde el aeropuerto internacional “El Dorado”. A Pipe le fascinaba la vista y el sentirse un poco más cerca de ese interesante mundo de la aviación comercial.

Le pregunté a Pipe que si tenía sus propios binoculares y me dijo que no. Así aproveché para hacerle un regalo más antes de partir. Y me dijo, – ¡Waooo Carlos que regalazo! – Bajé con el al área de la ciudad, nos tomamos un kumis con un pan en una cafetería, charlamos un poco y con un fuerte abrazo nos despedimos con la promesa de volvernos a ver pronto.

Gracias Ángela por acogerme esas noches en tu hogar.
Gracias Edgar por esos dos súper días de vuelos.
Gracias Pipe por tu compañía y por tan agradables aventuras, fantasías de vuelo y música que compartimos en esos días.

martes, 11 de mayo de 2010

REENCUENTRO EN BOGOTA (2a parte)


Continuación...

Al siguiente día su madre nos ofreció un delicioso desayuno y después de una oración que ella nos dedicó, acabamos de organizar todo lo necesario para partir con nuestros planeadores rumbo a la aventura.

Me fascinaba la idea de otra vez tomar un bus con los planeadores. Era recordar otra vez aquellos días cuando empezaba mi hoby. Pero esta vez estaba acompañado por mi hijo y me sentía alegre por su compañía y también nostálgico al saber que estaba ya en otra dimensión en el tiempo.

Llegamos a Chía y nos pusimos de acuerdo para que mi esposa Luz Dary y su amigo Freddy llegaran desde Bogotá un poco antes y así vernos un rato antes de que nos fuéramos con Edgar.


Reencuentro con Edgar. Aquí le estoy entregando un casco que él me había
 encargado para volar con el oído destapado y sentir mejor la velocidad.
Aquí estamos en la parte del frente de su casa que es un hermoso restaurante
 que él con su mujer construyeron con mucho esmero.

Compartiendo un rato con Pipe y Edgar antes de iniciar el viaje al sitio de vuelo.
 
Después de un agradable reencuentro subimos al campero de Edgar su parapente que usa para volar con pasajero. Subimos también las dos cajas de los planeadores Omei y Lady. Vino con nosotros Fernando un amigo de Edgar quien iba a hacer un vuelo con él de entrenamiento. Nos despedimos de nuestras respectivas esposas y salimos de Chía rumbo a “El Paraíso”.

Era volver a vivir esa emoción de salir al encuentro de la aventura aérea. Pensaba por el camino que siendo realistas solo íbamos a tener tiempo para preparar la Lady y hacerle su primer vuelo de prueba en estos aires más delgados a más de nueve mil pies de altura sobre el nivel del mar.

Por el camino fuimos recordando viejos tiempos con Edgar. Eran tantas historias que llegaban a nuestras memorias que parecíamos gallinas que no paraban de hablar.

Durante la subida a la montaña Pipe recibió en su celular la llamada de dos aeromodelistas de Bogotá, Paul Hamilton y Christian Correa. Con ellos habíamos estado en contacto por varios meses atrás para encontrarnos este día y así yo recibir un mini curso sobre las reglas de vuelo del planeador con parapentes.

Llegamos al sitio y al salir del campero pude respirar una vez más ese aire frío de las montañas de Colombia. Podíamos ver también varios parapentes que estaban ya flotando sobre nosotros. Sin perder tiempo bajamos el parapente y los planeadores.

Mientras que Edgar se preparaba para volar con su amigo Fernando, con Pipe nos pusimos manos a la obra para instalar los servos y terminar el reglaje. Una vez la Lady estaba lista la sacamos a la zona de vuelo.

Llegaron Paul y Christian y nos saludamos como si nos hubiésemos “visto” antes.
Christian me explicó el proceso y los cuidados para mantenerme separado de los parapentes. Simplemente estaba feliz de estar ya compartiendo con los pilotos bogotanos. Le llevaba de regalo una prometida copia de la primera edición de este libro en CD. Christian me comentaba que también era paracaidista como yo y que había saltado precisamente en Homestead, en Florida, donde yo saltaba.

Christian voló por un rato y después Paul se ofreció a despegar el Lady. Probé el radio revisando que funcionaran bien los mandos. Estaba nervioso por el viento tan fuerte y por el tráfico constante de parapentes.

Paul lanzó suavemente el Lady y esta hermosa dama empezó a elevarse enseguida. Subía muy rápido y pronto tuve que hacer virajes para perder altura. Pronto me tocó ajustarle el trim hacia abajo para que no siguiera subiendo. Le di el control a Pipe y lo puse como ejercicio algunos virajes dentro del área asignada. Me sorprendió como mostraba ya buen control con el planeador. Era la experiencia que le había dejado hacia años atrás el Firebird además de sus vuelos en el simulador de avión en su computador.

Voló por solo unos minutos y note que estaba subiendo demasiado y nos estábamos saliendo del área. Le pedí el radio para bajarlo pero ahora la tarea no solo era la fuerte corriente sino varios parapentes acercándose. Le dije a Pipe que me avisara cuando viera uno viniendo.

Lo bajé y me puse a hacer pasadas a alta velocidad sobre la zona de despegue. Cada vez que pasaba se escuchaba su silbido al cortar el aire. ¡Hacia mucho tiempo no había oído a la Lady silbando! De pronto Pipe me dijo, – ¡Cuidado Carlos, viene un parapente atrás! –  Tuve que actuar de inmediato clavando la nariz del planeador para pasar por debajo del parapente. Esta maniobra la repetí varias veces alejándome de ellos.

Después de unos quince minutos de vuelo empecé a sentir mucho frío debido al fuerte viento. Ahora el frío se sumaba a la tensión del vuelo. Decidí empezar a buscar la forma de aterrizar. Después de hacer varios intentos fallidos de aterrizaje no tuve más remedio que perder la mayor altura posible y traerlo en subida hasta que entrara en perdida.

Lo bajé y como un bólido subió por la montaña y parecía que no se iba a detener. Ya cuando estaba casi a nuestro lado entró en perdida total y clavó su fina nariz en la tierra. Se quebró su nariz pero sabia que esto era poco para lo que le hubiese pasado tratando de aterrizarlo de otra forma con este viento.

Descansé y sentí bastante alivio pues aunque era mi despedida de la Lady sabia que la unión de las alas había pasado su prueba bastante bien y ya podía seguir volando con su nuevo dueño Pipe.

Después de este vuelo decidí no volar el Omei pues hubiese sido bastante difícil el aterrizaje en esas condiciones de viento y de tráfico. Por ahora quería descansar del que yo creo fue el vuelo más estresante que haya tenido con la Lady.

 Me despedí de Paul y de Christian con la promesa de reencontrarnos al siguiente día para seguir volando.

Edgar aterrizó luego con su alumno en el parapente dobles en la misma zona de despegue y después de unas bebidas calientes empacamos y volvimos a Chía. Había sido un día precioso lleno de aventuras aéreas.

Coordinamos todo para reunirnos de nuevo donde Edgar al día siguiente y volar esta vez en parapente.

Continuará.

lunes, 10 de mayo de 2010

REENCUENTRO EN BOGOTA

FESTIVAL DE PLANEADORES

REENCUENTRO EN BOGOTA

Llevaba un año esperando el ansiado sueño de regresar a Colombia especialmente cuando había recibido ya varias invitaciones de amigos pilotos para un festival de vuelo de planeadores de radio en Medellín para Agosto del 2007.

Pensar en compartir con mi hijo Andrés Felipe y con bastantes pilotos nuestro hermoso hobby de los planeadores era una emoción que me invadía cada día. Ahorré y me compré un segundo planeador. El Omei. Un planeador chino que trae el nombre de una montaña en la China.

Logramos con mi mujer conseguir los pasajes para ir a Colombia. Decidí heredarle a Pipe mi adorada Lady. Empecé a idear la forma de cómo adaptarla para un viaje a Colombia. Hice una “obra de ingeniería” convirtiendo las alas de la Lady en alas desmontables para así poder llevar el planeador en una caja. Trate de llevar ambos planeadores en una sola caja pero hubiera sido muy caro llevarlo por el tamaño así que los lleve aparte. Viajamos a Bogotá primero y decidí pasar con Pipe, mi hijo, los cuatro días que teníamos planeados antes de ir a Cali.

Aqui estoy mostrandole el sistema de las alas ya en su apartamento.
Ya con las alas montadas en el corredor de esta bella
 unidad residencial donde vive con su madre Ángela.
Pipe con su madre Ángela.
Le heredé también una gorra y unas gafas que al igual que 
yo podría usar sobre sus lentes. ¡Padre e hijo listos para volar!
Nos cogió la noche trabajando en los detalles de la caja para transportarlo y soldar un set de baterías para el transmisor pues el original ya había sacado la mano.

Coordinamos con Edgar Hazbón para que nos reuniéramos en su casa de Chía al siguiente día y salir todos en su campero hacia “El paraíso” donde íbamos a volar los planeadores y también en parapente.

Aquella noche me quedé a dormir en su casa y mientras nos quedábamos dormidos hablábamos de todos nuestros sueños aéreos. Podía descubrir en mi hijo mis propios genes con anhelos parecidos pero con un estilo nuevo y propio de otra alma que también gozaba con el espíritu del vuelo...

Continuará.

sábado, 8 de mayo de 2010

EL REZO LLANERO


Nos preparamos para un día de vuelo en cometa en las montañas del parque del Neusa al norte de Bogotá a mediados de los 80.

Guillermo llegó a mi casa, montamos dos cometas sobre el carro, la Phoenix 6D y la Dove B tricolor con su respectivo equipo y salimos a recoger a Carlos Iván Medina.
Decidí no llevar mi cometa para dedicarme de lleno a la instrucción de ellos dos ese día. Se unieron al paseo mi padre y mi madre lo cual puso un toque familiar a la aventura.

Cuando llegamos al parque el tiempo se veía bastante gris y amenazando con lluvia. Me preguntó Carlos Iván, – ¿Carlos, si cree que valdrá la pena subir?... ¡Ni siquiera se ve la cima de la montaña! – Esto quería decir que la base de las nubes estaba por debajo del sitio de despegue y no tendríamos visibilidad para despegar.

Algo dentro de mí no quería ceder a la presión del mal tiempo para desistir de volar ese día. Les dije, – Subamos y le damos chance al día de que nos regale una pequeña “ventana” con la suficiente visibilidad para despegar. – Pero todos me pusieron cara de que estaba demasiado optimista. Sin embargo las ganas de volar los animó a subir aunque un poco ya resignados a quedarse en tierra.

Cuando llegamos al sitio de despegue quedamos rodeados por una espesa niebla con una llovizna helada intermitente. Para animarlos les dije. – Creo que pronto va a dejar de lloviznar, esperemos una hora a ver si mejora la visibilidad. –

Pasaron dos horas y escasamente había disminuido la llovizna.
Mi madre propuso que camináramos un poco por la helada cima de la montaña sin importar si volábamos o no. Esto rompió un poco ese hielo que se crea cuando solo tenemos en nuestra mente la idea fija de poder volar.
A pesar del frío mi madre nos ofreció un delicioso pollo asado que disfrutamos como si fuéramos montañistas atrapados por varios días en un nevado.

Caminamos por entre los frailejones, que son plantas de hojas gruesas con una vellosidad especial que las protege de la escarcha y que cubre la mayor parte de esas laderas.

Conversando con Guillermo le conté una anécdota de un cometista bastante famoso en el grupo de pilotos avanzados llamado Ricardo García alias “Kung Fu” por su afición a este otro deporte.

El vivió bastante tiempo en los llanos orientales de Colombia y sabía muchos dichos, costumbres, remedios caseros y hasta rezos de los campesinos de estas tierras.

Un día mientras ellos esperaban “eternamente” por algo de viento de frente para despegar en la montaña de Villavicencio, a la puerta de los llanos, les dijo a sus compañeros pilotos que iba a hacer un “rezo llanero” para mejorar las condiciones.

Todos se rieron pensando que era otro chiste para matar el tiempo. Reunió ciertas hierbas que encontró alrededor, hizo una pequeña fogata y dijo unas cuantas frases sin importarle la burla de sus amigos.

El humo se levantaba vertical por la quietud del viento pero de pronto se inclinó. En cuestión de unos minutos recibieron una pequeña ráfaga de viento favorable. Obviamente Kung Fu ya estaba listo para despegar, alzó su cometa y con una suave carrera se levantó sobre el paisaje llanero.

Todos como desesperados corrieron a colocarse sus arneses, cascos y demás arandelas pero cuando ya estaban listos para despegar el viento se invirtió de dirección cerrándoles la ventana de tiempo para volar. – Que man tan de buenas – Comentaron, – ¿O habrá sido el rezo? – Dijeron todos riéndose.

Guillermo me interrumpió la historia y me dijo, – ¡Carlos hagamos el rezo!.. ¡De una!..¡No perdemos nada! Y le respondí riéndome…– Pero yo no se cual es el rezo y además era solo para el viento. – Y me dijo, – ¡No importa, lo inventamos! –

Y al verlo ya tan decidido le dije como si tuviese idea del asunto. – Listo, llame al Carlocho y busquemos hojas secas de tres diferentes clases de plantas –, poniendo ya un tono más serio.

El Carlocho nos miraba y nos decía, – ¡Yo sabía que ustedes estaban locos pero, como yo también lo estoy, pues díganme lo que hay que hacer! –

Debido al terreno fue un poco difícil encontrar las hojas secas pero al fin lo logramos. –Traigan las hojas y pongámosla juntas en forma de pirámide para encenderlas. – Les dije.

– ¿Ahora como las vamos a encender si aquí nadie fuma? – Dijo Guillermo. Recordé que en mi equipo cargaba un pequeño encendedor en caso de un asado. Lo traje y nos reunimos detrás del área de despegue donde estábamos resguardados del viento.

Me inspiré y les dije, – Bueno muchachos, cada uno de nosotros vamos a hacerle una oración al cosmos o a lo que ustedes consideran su ser superior para que levante el techo de nubes y nos deje volar. – Para mi sorpresa Guillermo y Carlocho cerraron sus ojos y dijeron, – ¡Listo! –

Les dije, – OK, unamos nuestras fuerzas, tomémonos de las manos y cada uno dirija su oración. Recuerdo que todos usamos frases muy sublimes pidiéndole al universo que nos pudiéramos integrar a él en ese día y por siempre. Fue muy bello y mágico aquel momento. –

¡Bueno, armen las cometas y alisten el equipo… sea lo que sea vamos a estar listos! – Les ordené y cada uno inició su rito de preparación como si estuvieran seguros de que iban a volar.

Subimos al sitio de despegue y todo se mantenía igual, gris, húmedo y frío. Les dije para animarlos que yo iba a bajar un poco más por la ladera de la montaña hasta el límite del techo de nubes a ver si podía divisar la gran laguna del parque y así poder medir la visibilidad.



Bajé por unos minutos y de pronto poco a poco pude ver la silueta de la laguna. ¡Que imagen más bella después de estar varias horas sin ver más que el gris de las nubes!

Empecé a devolverme hacia arriba y me di cuenta que a medida que subía podía seguir viendo la silueta de la laguna. ¡Esto significaba que el techo estaba subiendo lentamente conmigo! Miré hacia el sitio donde ellos estaban y sabía que ellos no podían ver la laguna pero que si despegaban al bajar un poco podrían verla y así continuar su vuelo con esa referencia.

Lo peligroso es que si perdían la laguna de vista quedarían envueltos en solo niebla y en cuestión de segundos se estarían estrellando de nuevo contra la dura realidad del planeta tierra.

Enseguida les grité, – ¡Rápido, póngase los arneses, cuélguense a las cometas y listos para el despegue que el techo esta subiendo! – Y me respondieron, –Pero Carlos todavía no vemos la laguna –, y les dije, – Apenas despeguen, pican la cometa para bajar un poco y podrán ver la laguna. –

Vi que el techo de pronto se quedó estable y supe que era el momento pues podría devolverse y dejarnos sin ninguna oportunidad. – ¡Yaaaa….despeguen yaaaa! – les grité. Pude ver como entre la niebla, como fantasmas, se preparaban y tomaban cada uno su posición de despegue.

Tomó carrera primero Carlos Iván, se elevó y al pasar sobre mi le grité, – ¡Pique, pique! – Pude ver como aceleró y al ver la laguna exclamó, – ¡La veo, la veo! – Después siguió Guillermo y apenas vio la laguna grito. – ¡Yiiiija, lo logramos!

Aunque estaba en tierra sentía que estaba volando con ellos con más intensidad que nunca. Pude ver como el techo bajó lentamente y perdí contacto visual con ellos pero sabia que estaban disfrutando de un merecido vuelo.

Lo gracioso es que abajo en el sitio de aterrizaje estaban varios cometistas esperando a que mejoraran las condiciones y que no se habían animado a subir. Al ver a Guillermo y a Carlos Iván volando decidieron subir inmediatamente pensando en que las condiciones habían mejorado pero al subir se encontraron con cero de visibilidad.

Recuerdo que Gabriel Leal subió tan rápido como pudo y aunque le estuve ayudando a medir la visibilidad, el techo siguió bajando y cerró por este día esa pequeña ventana de posibilidad para despegar, – Que tipos tan de buenas. – dijo Gabriel y lo miré riéndome, – Gabriel, lo que sucede es que nosotros hicimos trampa y pedimos reservación para solo dos despegues, ¿Usted no hizo la suya? – Y me dijo, – ¡Ok, dígame como es la trampa que estoy que me vuelo! – Y le respondí, – ¡Ah, no, ese es un secreto de nuestro club y es solo para afiliados! Ja,ja,ja,ja!!

Y así mantuvimos en secreto aquel rito que hice con mis alumnos en ese frío y nublado día cuando nos dirigimos al universo, con aquel…rezo llanero.

Brujo llanero.

viernes, 7 de mayo de 2010

VISITANDO A LA NOVIA


Para esas épocas de los 80s andaba de profesor de un colegio y este trabajito me ayudaba con los grandes gastos de la escuela de vuelo.

Por cosas de la vida me enamoré en el colegio de una hermosa morena llamada Pilar que estaba en sus dieciséis. Era un amor secreto pues obviamente un profesor no podía andar de amoríos con sus alumnos. Nuestra relación pudo salir de la clandestinidad cuando ella decidió cambiarse de colegio. Este nuevo colegio se encontraba mucho más al norte de Bogotá y se me ocurrió que podía hacerle una “visita aérea”.

Ella al principio creyó que estaba bromeando pero luego le dije que podía hacerlo pues el aeropuerto no estaba muy lejos del colegio. Luego coordinamos con un día mío de vuelo de tal forma que pudiera sobrevolar el colegio justo en su hora de recreo. Una vez despegué tuve que buscar rápidamente el colegio. Cuando lo encontré aceleré para ahorrar tiempo y bajar a una altura prudente desde donde pudiera divisar el patio de recreo. Mi corazón estaba a millón.

Una vez llegué tuve que maniobrar para así poder tener el patio del colegio siempre bajo mi ala. No podía creerlo, allí estaba ella, hizo que sus amigos hicieran un círculo y ella se hizo en la mitad y así pude distinguirla inmediatamente. ¡Que sensación más bella al verla en el medio del círculo saludándome frenéticamente con sus brazos y mandándome besos! ¡Que hermoso! Ambos estábamos completamente felices. Nivelé el avión y me dirigí al área de entrenamiento para hacer mis ejercicios suspirando por aquella visita aérea.

 Hicimos el mismo encuentro como tres veces más hasta que los profesores le advirtieron que se podían quejar con las autoridades. De ahí en adelante pasaba a más altura y le hacia un saludo con las alas para que supiera que era yo. Duramos como un año más de novios.

Me acompañó varias veces al aeropuerto y a mis deportes del aire. Supe que ella llegó a ser una distinguida doctora en medicina. Por coincidencias de la vida tres años más tarde me la encontré en el mismo edificio donde vivía y a escondidas revivimos esos ardientes besos de aquellas épocas.


Gracias Pilar por bañarme con el fuego de tu pasión, en la tierra y en el aire.


jueves, 6 de mayo de 2010

VUELO “TOWING”


Vuelo “Towing” significa vuelo “halado” o “remolcado” y usa el mismo principio de un niño halando una cometa para que tome altura y fue así una de las formas en que los australianos iniciaron el deporte de las alas delta (Hang Gliding). El niño sería un carro y atado a él estaré yo colgado de una gran cometa humana. Mi gran aventura “towing” fue gracias a Jorge Cano.

Jorge fue uno de los pioneros del vuelo en cometa en Colombia cuando este deporte apenas nacía a finales de los setenta. Llevábamos varios años de conocernos cuando volábamos juntos en las montañas al norte de Bogotá a mediados de los ochenta pero teníamos pendiente una historia muy especial lejos de nuestra amada patria.

Por coincidencias de la vida cuando era estudiante de Inglés en Boulder, al norte de Denver, supe que él también estaba estudiando en un pueblo llamado Fort Collins a dos horas al norte de Boulder en la rama de administración de granjas de ganado vacuno. Enseguida quedamos de encontrarnos para ir a presenciar un campeonato nacional de vuelo en cometa en el pueblo de Telluride al sur oeste de Denver dentro de las Montañas Rocallosas.

La experiencia fue maravillosa. Me sentía dentro de los videos de vuelo acrobático grabados en este sitio que solíamos ver en Colombia y que parecían tan distantes.

Estamos con Jorge Cano en un centro de esquí en la nieve. A la izquierda un amigo iraní del College, yo, su “amigovia” sentada en el parachoques del carro y Jorge a la derecha. Aquí aprendí a esquiar. Fueron días de muchas aventuras y diversión.

Ya de regreso a nuestros estudios un día me llamó y me dijo, – ¡Carlos vengase ya a Fort Collins que le tengo el instructor y la cometa para un vuelo towing, yo lo invito! – Enseguida tomé la “freeway” y pasé esa noche en un pequeño cuarto de estudiante donde se alojaba Jorge.

 Al siguiente día bien temprano me despertó Jorge con una manotada de nieve en la cara, – ¡Despiértese soldado, que tiene vuelo pronto! – Viajamos al sitio de encuentro en su modesto carrito y nos encontramos con el grupo de cometistas pero en vez de montañas como estaba acostumbrado a ver, solo había delante de nosotros una gran planicie. Tenían una pequeña camioneta que sería el “niño” que iba a halar la cometa.

Me presentó con el instructor, – Hola Carlos… Observa esta demostración y después tú serás el próximo. – Automáticamente me corrió un frío por la espalda, – ¿Yo el próximo? –

Pude ver como el carro se alejaba desenrollando una cuerda de un carretel ajustado atrás del carro. Se detuvo como a medio kilómetro. Un Piloto se colocó su arnés se colgó a una hermosa cometa llamada “Sabre” mientras el instructor ataba de una forma especial la línea a la cometa y también al piloto.

El piloto dio una señal al instructor y este por medio de un radio avisó al carro que iniciara su carrera. La cuerda se tensó y pude ver sus pies “esquiando” sobre las piedras como si no quisiera irse y con esto mantenía la cuerda tensa. Sin aviso se levantó por los aires elevándose hasta lograr unos mil pies sobre el carro.

Estaba impresionado y asustado al mismo tiempo. El piloto se soltó de su atadura y voló sobre nosotros por unos veinte minutos mientras atrapaba una que otra corriente térmica ascendente.
La sensación de miedo mezclada con emoción por saber que se sentiría durante tan extraño despegue me invadía.

Aterrizó y enseguida traté de congelar mis emociones para evitar esa visión interna de prisionero a punto de ser ejecutado. Eran los inicios de este tipo de vuelo y no se utilizaba todavía el método de llevar la cometa sobre el carro para que despegara con seguridad usando la velocidad del carro y luego ir subiendo poco a poco mientras se desenrollaba la línea de unión. No sabíamos lo peligroso que era estar en esta temprana fase del vuelo towing.

Me dirigí al instructor, recibí el arnés, el casco y unos guantes para el frío. Tomé la imponente Sabre y la llevé a su posición para el despegue. Por un momento dirigí la mirada a la camioneta que se alejaba. Estaba confiando la energía del despegue a la fuerza de su motor y no a mis pies.

Mientras el instructor colocaba con cuidado todo un sistema de cuerdas atado a la cuerda principal y a mi arnés yo me preparaba mentalmente. Se hizo a un lado y me preguntó, – ¿Carlos, estas listo?–, y le dije, – ¡Listo! –, Enseguida él me respondió, – No Carlos creo que no estas listo. – – ¿Qué? – me dije y pensé, – ¿Será que estoy expresando demasiado el miedo que siento y no quiere dejarme ir?–, Pero con su mano señalando a mi espalda me dijo, – ¡No te has colgado a la cometa! – , Enseguida exclamé, – ¡Oh Dios mío no puedo creerlo! –, En mi mente y en mi estómago un revuelto entre vergüenza y espanto. Era la primera vez que olvidaba colgarme a una cometa. Algo que había causado la muerte en el despegue a muchos pilotos.

Miré hacia delante y por suerte no había un precipicio delante de mi sino solo planicie y de un arrastrón no hubiese pasado.
Me colgué y le di con mi mano la señal. – Así me gusta Carlos, no vuelva a olvidar colgarse! –  Me dijo y me sentí aún más ridículo delante de todos los que me observaban, pero era mi gran lección.

Dio la señal al carro y puse firmes mis pies contra la tierra para mantener la tensión del cable. Vi al fondo como el carro levantaba una polvareda en aviso a lo que venía. De pronto sentí un fuerte jalón y mis pies empezaron a esquiar sobre las piedras y como si el cielo me llamara enseguida sentí que salía disparado hacia arriba. Pero tan rápido como despegué vino un sonido como el de un latigazo.

Escuché como el viento se detuvo alrededor mío. La nariz de la cometa apuntó directamente hacia el cielo. ¡Se había roto la línea de unión! Instintivamente tomé la barra de control y la halé al máximo hacia atrás llevando todo mi peso hacia delante. No tenía tiempo ni siquiera para pensar que estaba metido en la peor emergencia de estar sin velocidad tan cerca del piso y simplemente reaccioné casi como si fuera algo normal.

La nariz bajó rápidamente y conseguí que acelerara hacia el piso lo suficiente para empujar totalmente la barra y lograr un efecto de paracaídas con toda la vela. Justo a tiempo logré frenarla para colocar suavemente los pies en la tierra.
Eché un madrazo como diciéndole a los demonios que habían roto el cable que no se habían salido con la suya. Pero a pesar de esto estos demonios seguirían rondando.

El instructor llegó rápidamente completamente asombrado, – No se como hizo eso Carlos pero usted se salvó de milagro de entrar en un spin a baja altura. – Le pregunté si podía intentarlo de nuevo. Me sentía al otro lado del umbral del miedo y estaba esperando ansiosamente lograr mi vuelo towing.

Preparamos todo otra vez pero el instructor me advirtió que la línea podría reventarse otra vez en caso de mucha tensión o alguna maniobra excesiva.

Inicie mí esquiada sobre las piedras y enseguida vino rápidamente el fuerte sonido del aire silbando a mí alrededor. Sentía la fuerza continua del despegue. Por fin tomaba altura!
La cometa empezó a virar lentamente hacia un lado y en vez de corregir al lado contrario instintivamente empujaba la barra y logré así estabilizarla.

Cometa de la época en vuelo remolcado.
 (Towing)

Empecé a mirar a mí alrededor y podía ver como poco a poco el horizonte bajaba y veía la camioneta más y más pequeña. El cable formaba una gran curva hacia abajo y rápidamente estaba volando a unos ochocientos pies sobre la camioneta. Dije, – Llegó el momento – y halé un cable del sistema para soltarme de la línea. Se escuchó un silbido bajo al soltarse el mecanismo y sentí enseguida como tomaba más altura. ¡Estaba libre!

Volé sobre la camioneta por un momento como símbolo personal de triunfo por haber logrado el despegue. El conductor frenó y esto me hizo sentir ya aislado de lo que ocurría en tierra. Hice un viraje de regreso y volé sobre el grupo de personas gritando y saludándolos fuertemente con mi mano. Estaba feliz. Hice varios virajes de placer antes de entrar en la aproximación final, dirigiéndome lo más cercano posible al grupo. Volví a aterrizar por segunda vez este día, y de nuevo muy suavemente.

El instructor y Jorge estaban contentos y me invitaron a tomarme unas cervezas con ellos. Decidieron no volar más ese día para revisar el sistema de la línea. El instructor me explicaba que había hecho lo correcto al empujar la barra en vez de corregir lateralmente o de lo contrario la cometa hubiese entrado en un fuerte viraje, como cuando el niño al correr hala muy fuerte y la cometa gira e impacta secamente el piso. De solo imaginarme la violencia del impacto fruncí el ceño.

Varios días después Jorge me llamó y supe que los demonios que cortaron mi línea habían atacado otra vez y esta vez su venganza fue a muerte. Al día siguiente en la misma cometa y en el primer vuelo del día la novia del instructor, que tenía poca experiencia, despegó, pero cometió el error de hacer fuertes correcciones laterales. La cometa empezó a oscilar de un lado a otro y entró en un largo viraje semicircular hasta impactar violentamente contra el piso. Ella no sobrevivió.

El instructor estaba muy triste y se sentía muy culpable. Pude sentir esos demonios diciéndome, – Si no fuiste tu, iba a ser ella. –

Se que mi ángel me guió durante mi aventura y me permitió gozar una de mis más grandes experiencias en la aviación deportiva al sentir ese despegue, sin correr y volar sobre la llanura como una gran ave, en ese frío día, de aquellas lejanas tierras, en aquel… vuelo towing.