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jueves, 29 de abril de 2010

SI NO MIRO… ¡ME MATO!


Era un precioso día en los 80s a unos cinco mil pies sobre la selva del Magdalena entre Bogotá y la costa norte del Caribe. Me dirigía en un vuelo solo haciendo parte de un grupo de tres aviones de la escuela Aeroclub hacia Barrancabermeja, la tierra donde me crié.

Me sentía feliz de estar jugando con las nubes. Me metía en ellas y como sabia que tenía unos cinco segundos de vuelo a ciegas envuelto en el mundo gris de la nube, me entretenía fantaseando que estaba volando ya por largo tiempo por instrumentos y trataba de mantener el nivel de las alas con el horizonte artificial. Esto me creaba una “micro” angustia por mantener el control pues no tenía experiencia volando de verdad con solo los instrumentos.

Me disponía a aterrizar y de pronto pensé en iniciar la aproximación desde el otro lado del pueblo así podría reconocer algunas partes que me hicieran recordar mi niñez. La nostalgia me llevó de frente a encontrarme con uno de los instantes más escalofriantes que recuerdo y que mi Diosito permitió que saliera vivo de esto.

Descendí a unos ochocientos pies de altura, llamé a la torre y le dije que iba a aproximar sobre el lado norte del pueblo para luego unirme al patrón de tráfico de la pista de Barranca.

Empecé a disfrutar de la vista familiar de la refinería de petróleo, donde antes trabajaba mi padre, con las teas y su pequeña llamarada de gases ardiendo. Vi los barrancos rojizos”bermejos” que le dieron el nombre a este pueblo.

Pude ver más allá el barrio “El Rosario” donde pasé los primeros años de mi vida. Estaba feliz y orgulloso de poder estar por fin volando sobre esa tierra que me tuvo de niño soñando con algún día estar volando sobre ese bello horizonte con atardeceres de un rojo encendido.

Me sentía pleno y con ganas de contarle a todos lo que estaba viviendo. Pero mi angelito no aguantó más mi continuo error y me sugirió que mirara otra vez al frente como todo buen piloto debe hacer.

Al mirar al frente vi algo que mi cerebro no pudo procesar de inmediato. Era algo que atravesaba completamente mi vista de arriba hacia abajo. Recuerdo el color rojo, blanco, rojo y la intricada forma de varillas entrecruzados. Mi instinto hundió de inmediato el ala izquierda del avión y aquella amorfa figura escapó por mi lado derecho como si fueran las garras de la misma muerte que estuvieron a punto de llevarme de este mundo.

Era la estructura de una inmensa antena de radio de unos mil pies de altura que se encontraba al norte de la pista y que estaba muy bien dibujada en la carta de vuelo. Todavía no me había recuperado del susto y enseguida como si mi instructor tuviera un sexto sentido me llamó por la frecuencia de la escuela, – ¡Madrigal!... ¡Donde está! – Le respondí que ya estaba por aterrizar.

Recuerdo que después de bajarme en la cálida rampa de Barranca todavía sentía que me temblaba mi pierna derecha y sentía un frío en mi espalda que me hizo recordar que la vida se puede ir, asi no más… sin avisar.

Antenas de radio comunicaciones.

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